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Wilson Tapia

¡Hay que tener valor!

Wilson Tapia | Miércoles 4 de agosto 2010 13:07 hrs.


Pareciera que los eslóganes de campaña que coincidían en anunciar el cambio rescataban una situación que va más allá de la campaña misma. Independiente de si las ofertas se cumplan o no, la realidad nos llega avasalladora. Es cuestión de mirar los temas que se están tratando.  Todos de un alto contenido valórico.  Y todos, también, con cariz de cambio inocultable.

Empecemos por los índices de pobreza. La encuesta CASEN es lapidaria.  La diferencia entre los ricos y los pobres en Chile resulta dramática.  La décima parte de los compatriotas con mejores ingresos recibe 46 veces más que el diez por ciento más desprotegido. Y si aguzamos la vara de la medida, en los extremos la diferencia es de varios centenares y hasta miles. Resolver ese problema de equidad es una exigencia valórica. E implica un cambio que si se hace o no, marcará la diferencia entre el Chile actual y lo que sería el Chile desarrollado del futuro.

El disfrute de las riquezas básicas del país es también un cambio que se tiene  que atender. No se trata de que el royalty sea enfrentado por las necesidades del terremoto.  Allí hay un compromiso con las generaciones de chilenos por venir.  De las soluciones que se adopten -de los cambios que se impongan- dependerá de cómo podrán ellos disfrutar de una riqueza básica no renovable, el cobre.  Y esa también será una mutación valórica.

¿Y cómo protegemos a la mujer para que ingrese sin temores ni desventajas en el mundo laboral? Ya no habrá ampliación del postnatal a seis meses. Las propuestas de la comisión ad hoc son tibias y no resuelven, en definitiva, el problema. El Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM) da explicaciones altisonantes, pero que no hacen honor al cambio que se requiere y anunció.  Incluso, una minuta que fue dada a la publicidad plantea que la forma de evitar el embarazo no deseado es no tener relaciones sexuales. Nada nuevo y, aparentemente, una recomendación que, tratando de hacer lo contrario, dará la solución que se niega al no prolongar el postnatal: aumentar la tasa de crecimiento poblacional.

La educación también nos plantea una encrucijada.  Pareciera haber consenso de que en este terreno las cosas no andan.  Nos estamos quedando atrás como país competitivo, dicen los expertos. Las propuestas son variadas, pero ninguna parece apuntar al tema central, que es la discriminación que se reafirma en la educación. No comienza allí. Por lo tanto, la igualdad de oportunidades para entrar en la educación superior no es la solución final. La discriminación se producirá en los puestos de trabajo.  Seguirá operando el grupo cerrado que se conoció en el colegio y que siguió junto en la Universidad. Lo que Mario Waissbluth tal vez llamaría la entronización del elitismo. El cambio, obviamente, también es valórico.  Hay que mirar la sociedad de otra manera para abrir posibilidades a todos.

Podemos seguir con la salud, con la banca, con el matrimonio homosexual.  Llegaremos a la conclusión que siendo algunos temas más mediáticos, todos apuntan a lo mismo: la necesidad de mirarlos desde otra perspectiva.  Porque así son los cambios.  Cuando la esclavitud era aceptada, nadie se extrañaba.  Y cuando se trató de abolirla, muchas voces de condena se levantaron airadas. En definitiva, lo que había ocurrido era un cambio en la percepción valórica.  Porque eso son los Derechos Humanos que hoy nos ufanamos de tener como referentes para solidificar las bases de la sociedad democrática.

Debiéramos mirar el horizonte aquilatando su real dimensión. Hoy las cosas no tienen valor, tienen precio. Esa es una constante que nos habla del nuevo modelo que impera. Y provoca confusiones.  En definitiva, cuando se quiere prolongar el postnatal ¿se está pensando en la madre y su criatura o en la productividad de la mujer? ¿Cuándo se analiza el royalty, se tiene en mente el proyecto del Chile futuro o cómo hacer que los inversionistas lleguen en masa a un país sin recaudos?

Si hasta el fútbol se ha “desvalorizado”.  Se condena a los hinchas de un equipo porque no quisieran que su archirival ganara la Copa América. Y el argumento es que mostrar tal actitud es ser mezquino.  No “ven el interés del fútbol chileno”, ya que ganar la Copa valoriza a todo el fútbol nacional, aseguran las voces condenatorias. ¿Y que significa eso?  Que los jugadores cuesten más caros, que hay mayores ganancias para los clubes y las asociaciones profesionales. Pero si el fútbol es sólo un deporte y en él se pone más pasión que cabeza; más corazón que cálculo.  Así debiera ser, pero no es.

En este mundo en que el precio ha reemplazado al valor y el éxito a la felicidad, no hay que ser nostaligioso. Es necesario estar atento a los cambios de valores y que no nos pasen gatos por liebres.

Hay que tener valor, no precio.

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