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Año XIII, 20 de abril de 2021

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La hoguera literaria está que arde

La polémica en torno al Premio Nacional de Literatura 2010 está candente. Un jurado cuestionado por su idoneidad, candidatos que sin pudor dicen merecerlo y cambios heredados de la dictadura a una antigua ley, encienden las iras. La hoguera de las vanidades literarias está al rojo.

Vivian Lavin

  Lunes 30 de agosto 2010 19:17 hrs. 
libros


Como ya es habitual, cada dos años en esta fecha, las plumas empiezan a volar no tanto por la altura y profundidad de los escritos  de nuestros narradores, dramaturgos, cronistas, ensayistas y poetas como por la tensión y polémica que invade a la escena literaria chilena con ocasión del Premio Nacional del Literatura.

La disputa ya está instalada y las candidaturas han aceitado sus máquinas y con ellas todo el andamiaje publicitario, político, marketero y periodístico en torno a los escritores que disputan el codiciado galardón que premia a las letras nacionales.

Los reclamos, sin embargo, este año han superado la contienda misma para instalarse en el seno del jurado. Como nunca antes, el actual ministro de Cultura, Luciano Cruz-Coke, ha levantado la voz con fuerza para reclamar su derecho a estar sentado entre quienes deciden el Premio Nacional de Literatura, un coto que reclama como propio, cuando bajo el Consejo que preside, se ubica el Consejo del Libro y de Fomento de la Lectura.  El secretario de Estado ve con celos a su par de Educación que se ha venido sentando con todo relajo entre los miembros del jurado desde el año 1974 cuando por decreto militar se hicieron una serie de cambios que hoy son cuestionados a diestra y siniestra.

Para ello es necesario recordar que el nacimiento de este Premio se remonta al años 1942, cuando bajo la administración del radical Juan Antonio Ríos y por iniciativa de la Sociedad de Escritores de Chile que veía con impotencia el desamparo y pobreza en la que quedaban muchos escritores que habían dado su vida a la literatura, promueven la creación de un reconocimiento anual, rito que se mantiene hasta 1973 cuando, con ocasión del Golpe Militar no se entrega galardón alguno.

Al año siguiente, la debutante Junta de Gobierno empezó a dar señales de que venía a quedarse para rato, cambiando la composición del jurado, la periodicidad y el procedimiento de elección a través de candidaturas. A pesar de otros cambios introducidos por los gobiernos democráticos, ninguno de ellos logró despejar la inquietud y malestar que aún suscita la concesión de este Premio.

Además de las quejas del actual ministro de Cultura, se suman este año las de la Sociedad de Escritores de Chile que ha levantado la voz sobre ciertos aspectos, como son la restitución de la anualidad del premio y la reincorporación de escritores, además del ganador anterior, en la composición del jurado. “Lamentablemente, el Premio empieza a ser una disputa encarnizada y esto parte en el gran error que fue quitarle la anualidad. Además, creemos que se recupere la incorporación de un escritor que nos represente, como también se designe a un escritor que represente a las regiones”, explica el presidente de la entidad gremial, Reynaldo Lacámara.

Tacañería estatal

La tacañería del Estado de Chile, primero, y de la sociedad, en general, después, es una cuestión de la que no se hace mayor autocrítica. Pero basta observar a otros países para darse cuenta que aquí los premios, además de escasos, consisten por lo general, en la clásica medalla y un entusiasta abrazo.

El Nacional es, en solitario, además de ser el más importante de las letras chilenas, el premio más cuantioso que implica una verdadera jubilación consistente en una suma indivisible que supera los 13 millones de pesos y una pensión vitalicia de 20 Unidades Tributarias Mensuales. Otra buena razón para disputarlo en un país donde los escritores que viven de los derechos de autor se cuentan con los dedos de una mano.

La escritora Carolina Rivas estuvo estrechamente ligada a la organización de los Premios Nacionales, entre ellos, el de Literatura, como  asesora en materias culturales del Gabinete del Ministro de Educación durante casi una década,  y refuta el cuestionamiento sobre la idoneidad del jurado. “Se suele decir el jurado no es conocedor del tema, pero yo he tenido el privilegio de observar año a año y constatar que son personas mucho más preparadas de lo que se cuenta”.

Y, ¿qué dice la academia al respecto? “Creo que se requiere de un jurado independiente, como lo hay para otros premios en nuestro país. Como es el caso del Premio José Donoso que entrega la Universidad de Talca. La garantía está en la autonomía e independencia porque lo que importa es el procedimiento”, señala Alicia Salomone, directora del Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Cuestión que confirma la académica del mismo departamento, Ana María Baeza: “En los últimos años, el Premio Nacional ha demostrado tener una marcada tendencia política institucional”.

Pero no sólo eso. Uno de los puntos más importantes sobre los cuales no se hace mayor mención a la hora de discutir el tema, es que la ley que concede el Premio Nacional de Literatura no cuenta con un reglamento, cuestión básica a la hora de implementarla y de seguro uno de los motivos que llevan a que existan tantas interpretaciones al respecto. “La ley requiere con urgencia una actualización de modo que hayan más representantes y menos actuantes. La falta de reglamento es una cuestión urgente”, dice Carolina Rivas sobre esta grave falencia.

¿Qué se premia cuándo se premia? Nos preguntamos parafraseando al gran poeta y también Premio Nacional Gonzalo Rojas. El espíritu original de la Ley dice que se concede “por una vida entera entregada al ejercicio de las letras”, lo que según la Sociedad de Escritores de Chile se habría cumplido en general al observar la lista de los galardonados. Sin embargo, al entrar en la casuística podemos observar que gigantes de la literatura murieron sin ser reconocidos. Es el caso de Violeta Parra, María Luisa Bombal, Vicente Huidobro, Enrique Lihn, Jorge Teillier o Roberto Bolaño. Peor aún, durante la dictadura se premió a figuras como Enrique Campos Menéndez, quien será siempre recordado como el asesor cultural de la Junta Militar que se las agenció primero para dárselo a su colega de la Academia de la Lengua, el filólogo Rodolfo Oroz, para luego recibirlo él mismo.

Candidaturas en la yegua

En el Chile del siglo XXI, además de las presiones políticas que se han hecho habituales a partir de entonces, se han sumado nuevos ingredientes, como el hecho de los candidatos tengan una diversa repercusión internacional, haciéndolos parecer como que la batalla fuera entre David y Goliat.

La irrupción de Isabel Allende, quien por años se negó siquiera a que la postulasen, hoy reclama su derecho a ganarlo. Lo mismo que Antonio Skármeta, mientras una paciente Isidora Aguirre, ya empinada sobre sus 91 años sigue vigente como la dramaturga cuya obra ha sido la más representada en la historia del teatro chileno: La Pérgola de la Flores, lo que ha pasado inadvertido para sucesivos jurados. En silencio, quedan un Francisco Rivas o un Jorge Guzmán.

La figura de la escritora Diamela Eltit, reciente ganadora del Premio José Donoso que entrega la Universidad de Talca y favorita de los lectores muy iniciados, vino a remover más las aguas, cuando se negaba a presentar candidatura. A pesar de ello, se sabe que su nombre ya es premiable, en cuanto uno de los jurados la habría incluido en la reunión previa que tuvieron hace unas semanas.

Entonces, se pensó que Raúl Zurita se inhabilitaría pero no lo hizo. Una cuestión que podría decidir la elección de este jueves cuando Zurita ha sido cuestionado por haber expresado otrora y de manera pública su animadversión por el también candidato Enrique Lafourcade, y en tanto, su favorable juicio hacia Diamela, su ex mujer y compañera en el mítico CADA.

La candidatura de Isabel Allende no sólo pesa por su apabullante cifra de venta sino además, porque su carpeta incluye cartas de apoyo de tres Presidentes de la Concertación, de los que no entiende porqué no le dieron ellos mismos el premio cuando tuvieron la oportunidad. Pero no sólo eso. Isabel cuenta también con el apoyo de Sebastián Piñera, quien la habría invitado sospechosamente a Chile esta semana. Isabel no pudo aceptar por compromisos previos, pero aseguró visita para dentro de un mes.

Pero la gota que rebasa el vaso, es lo de la modalidad de las candidaturas que, si bien fue impuesto por el régimen militar, luego fue derogado durante el gobierno de Ricardo Lagos. A pesar de ello, se mantiene como procedimiento el que los escritores o quien sea, presente los antecedentes de los postulantes, a pesar de que el jurado se puede pronunciar por otra persona. Esta es otra de las modificaciones que postula la Sociedad de Escritores de Chile ya que como dice su presidente, es “una práctica indigna”.

Los mismos escritores lo consideran una humillación tener que estar juntando firmas y hacer valer su opción a los ojos del jurado con gruesas carpetas que avalen el trabajo de toda una vida. Una práctica que lleva a escenas que rayan en la grosería y de las cuales Carolina Rivas fue testigo como asesora del Ministerio de Educación por tantos años. “En ninguna parte de la ley dice que hayan candidaturas, pero estas se fueron construyendo a través de los años. Y se han ido sofisticando a tal punto que parecen verdaderas empresas detrás de esto. Yo misma vi cómo hubo postulaciones que llegaron en las conocidas yeguas, una suerte de carretilla,  con las cajas de papeles y libros que llevaban al sonrojo. Hay cosas que debieran reglamentarse”, insiste.

Como sea, el Premio Nacional de Literatura 2010 será dirimido este jueves y aunque pareciera que la cuestión estuviera ya zanjada, en la historia del Premio han habido muchas sorpresas.

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