Distraídos y básicos: los nuevos chilenos

  • 05-09-2025

El auge de la tecnología y su uso constante han cambiado radicalmente la forma en que nuestras mentes trabajan y procesan la información. A medida que los dispositivos digitales se han integrado en la vida cotidiana, hemos sido testigos de una transformación profunda en nuestras funciones cerebrales. Diversos estudios confirman que los usuarios intensivos de tecnología experimentan una menor activación de la corteza prefrontal en tareas que requieren atención sostenida, siendo esto un indicador de cómo la estructura misma de nuestra atención se pliega a las exigencias de una era dominada por las redes sociales.

Instagram y TikTok emergen como ejemplos claros de esta realidad, donde el formato y el contenido están diseñados para captar atención de forma efímera, generando un entorno propicio para la distracción más que para la reflexión. Investigaciones indican que el uso prolongado de redes sociales conlleva una reducción de la atención sostenida en un rango del 20% al 30%. Esta pérdida de atención no es casualidad, sino el resultado de lo que se conoce como “sobrecarga cognitiva”, una condición que se manifiesta cuando estamos expuestos a una continua corriente de estímulos atractivos y recompensas intermitentes que, si bien generan gratificación inmediata, desincentivan la profundización en el contenido.

Nos entrenan para alternar rápidamente entre múltiples fuentes, generando la ilusión de que somos competentes en la multitarea. Sin embargo, esta aparente habilidad se traduce en una marcada incapacidad para desarrollar un aprendizaje profundo y significativo, y, quizás lo más preocupante, en una disminución de nuestra capacidad crítica frente a discursos políticos y mediáticos. En un contexto donde necesitamos cada vez más habilidad para discernir y analizar, nos vemos ante una avalancha de información compleja que resulta, a menudo, incomprensible para amplios segmentos de la población.

Afrontamos así la paradoja de un mundo lleno de información que, al mismo tiempo, alberga contenidos simplificados y empobrecidos. En lugar de buscar soluciones a los desafíos de comprensión lectora y pensamiento crítico, muchos medios, políticos e inclusive educadores optan por reversiones hacia lo básico, renunciando a la noción de que se puede elevar el nivel de la conversación pública. Este abaratamiento del conocimiento se traduce en mensajes diseñados para ser digestibles por todos, como si el objetivo fuera articularse a la baja en lugar de elevar el debate.

A largo plazo, este enfoque no solo es engañoso, sino que también limita nuestra capacidad crítica en un tiempo donde la reflexión y el análisis son más necesarios que nunca. Es fundamental reconocer que esta simplificación no hace más que distorsionar la complejidad inherente a los problemas sociales y políticos que enfrentamos. La realidad contemporánea está marcada por sistemas interconectados y fluctuantes, que requieren no solo una comprensión superficial, sino una aproximación sistémica y colaborativa. Frente a ello, los patrones de pensamiento alimentados por la saturación informativa tienden a buscar respuestas rápidas y sencillas, evitando la profundidad que la democracia demanda. Esta desconexión entre el ciudadano y los fenómenos políticos se traduce en un ambiente en el que el pensamiento crítico se convierte en una rareza.

Frente a esta realidad, la clase política ha optado, en muchos casos, por la simplificación como una estrategia de supervivencia. Se alimenta de la inmediatez y de la conexión emocional, utilizando un lenguaje que resuena en la superficie sin ningún tipo de profundidad analítica. Frases como “Basta de corrupción” o “Qué se vayan todos” pueden actuar como gritos de protesta, pero no abordan las raíces profundas de los problemas que se intentan resolver. Así, la política se reduce a un juego de eslóganes vacíos que, lejos de articular soluciones verdaderas, perpetúan la insatisfacción popular sin fomentar una reflexión real sobre los mecanismos de cambio.

Umberto Eco lo dijo incluso antes de la extrema polarización que vivimos entre la complejidad de los sistemas y la reducción de la atención: “Quien simplifica, miente”.

Esta afirmación se vuelve vital en un contexto donde las narrativas polarizadas han eclipsado la capacidad de dialogar y de abordar los temas desde su complejidad inherente. Al recurrir a la simplificación, se erosiona la confianza en las instituciones y se desmerece el valor del diálogo social. Las redes sociales pueden popularizar ciertos conceptos atractivos, pero al final, lo que se pierde es la verdadera narrativa que subyace a un mundo en constante cambio, dejando a la ciudadanía en un estado de confusión y desinterés hacia el quehacer político.

En este sentido, es imperativo que se implementen estrategias que no solo busquen informar, sino que también promuevan la formación de una ciudadanía crítica y capaz de cuestionar la información que recibe.

La transformación de nuestra sociedad, que hoy se encuentra propensa a la distracción y la banalidad, en un espacio que valore el conocimiento y la comprensión crítica, representa un reto que requiere un esfuerzo conjunto y sostenido. Educadores, políticos y medios de comunicación deben trabajar en conjunto para priorizar la educación y promover un diálogo que fomente la comprensión y el análisis en lugar de la simplificación y la confusión. Solo a través de esta colaboración podremos enfrentar los desafíos que la realidad actual plantea y construir un futuro donde cada persona tenga las herramientas necesarias para participar activamente en la toma de decisiones que impactan su vida.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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