En la antesala del inicio de la octogésima Asamblea General de Naciones Unidas, un hecho diplomático comenzó a marcar el tono de la semana, Reino Unido, Australia, Canadá y Portugal anunciaron su reconocimiento oficial al Estado de Palestina. Y no están solos.
Este mismo lunes, otros seis países se sumarían a la declaración, elevando la cifra total a 157 de los 193 miembros de la ONU que ya reconocen a Palestina. Eso significa más del 81% de los Estados de los miembros, cerca del 89% de la población global y más de la mitad del PIB mundial. Cifras contundentes y que seguirán aumentando en las próximas horas a medida que más estados se sumen a esta postura.
Sin embargo, el reconocimiento de Palestina como Estado no resuelve nada en lo inmediato. Es, sobre todo, un gesto político, una señal en medio de una crisis que tiene como telón de fondo el genocidio en Gaza.
La Asamblea General de la ONU se extenderá durante toda la semana. Francia y Arabia Saudita serán los anfitriones de una reunión de alto nivel entre jefes de Estado, cuyo objetivo es impulsar la vieja y desgastada “solución de dos Estados”, uno israelí y otro palestino, coexistiendo dentro de fronteras seguras y reconocidas. Francia, incluso antes de oficializar su propio reconocimiento, dejó ver señales claras, en varios municipios franceses comenzaron a izar banderas palestinas como gesto de apoyo.

Tarima principal desde donde tomarán la palabra los mandatarios en la Asamblea General de Naciones Unidas. Vía X@UN 22/09/2025.
La pregunta inevitable
¿Queda realmente espacio para esa solución después de años de violencia, ocupación y desplazamiento forzado?
En el caso británico, el reconocimiento tiene un peso simbólico enorme. Londres fue el escenario, en 1917, de la Declaración Balfour. Aquel breve documento de apenas 67 palabras que apoyó la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina, cuando el territorio estaba bajo control británico.
Para los judíos sionistas, esa declaración fue la piedra fundacional de Israel y un salvavidas frente al antisemitismo. Para los palestinos, en cambio, fue la traición de una promesa, la independencia árabe que nunca llegó y el inicio de un despojo que culminó en la “Nakba” (desastre) de 1948, cuando cientos de miles fueron expulsados de su tierra. Más de un siglo después de la declaración, el primer ministro Keir Starmer decidió dar un paso contrario: reconocer a Palestina, en un giro histórico que contrasta con aquella declaración que marcó el origen de uno de los conflictos más prolongados del planeta.
La Nakba, el desastre palestino, no es solo un recuerdo de 1948, para muchos, nunca terminó. Hoy se ha convertido en un genocidio que se libra a plena luz del día en Gaza. Ni los reconocimientos, gestos diplomáticos o los discursos en Naciones Unidas logran frenar la maquinaria militar israelí que continúa devastando la Franja.
No todos los países se suman a este reconocimiento. Japón, por ejemplo, tras conversaciones con Estados Unidos, decidió no apoyar la iniciativa. Italia también se negó a sumarse a los reconocimientos, lo que ha despertado protestas en Roma.
Ahora bien, Washington sigue siendo el principal sostén de Israel y freno de cualquier intento internacional por alterar el statu quo. En lo concreto, el reconocimiento internacional apenas abre la posibilidad de establecer embajadas o delegaciones diplomáticas en territorio controlado por la Autoridad Nacional Palestina. Y ni siquiera Gaza entra en esa ecuación, el enclave ya quedo a un lado y ya se convirtió en el epicentro de un genocidio reconocido por la ONU, por oenegés israelíes y por gran parte del mundo.

Vista aérea de la ciudad de Gaza destruida. Vía X@mhdksafa 11/08/2025.
Todo esto llega en un momento donde el escenario internacional es más amplio, en medio de la profundización de la crisis del sistema internacional basado en el multilateralismo. La ONU vive una de sus horas más débiles desde su fundación. La excesiva burocracia, la falta de financiamiento, el sistema de veto en el Consejo de Seguridad, la pasividad frente a conflictos sistémicos, etc. Todo ello ha erosionado la confianza en la institución. Hoy, en plena Asamblea General, la paradoja es evidente, mientras se habla de reconocimiento y diplomacia, Gaza sigue siendo arrasada. Y el derecho internacional, incapaz de detener un genocidio, queda en un entredicho que cuestiona sus puntos fundacionales y funcionales.
Un golpe político, diplomático… y poco más
El reconocimiento de Palestina por parte de aliados históricos como Reino Unido o Francia es un golpe simbólico y político para Israel, pero en lo concreto, no cambia nada.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha sido categórico: “No habrá un Estado palestino. No se creará un Estado terrorista en el corazón de nuestro país”. Para su gobierno, el reconocimiento no promueve la paz, sino que “desestabiliza la región” y premia, dicen, los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023.
Más allá de Netanyahu, figuras de la extrema derecha israelí han ido incluso más lejos. El ministro de Seguridad, Itamar Ben-Gvir, propone la anexión de Cisjordania. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y máxima autoridad sobre las colonias, llegó a afirmar que “el pueblo palestino no existe”, que es “un invento contra el sionismo”. En paralelo, el propio Netanyahu se jacta de haber multiplicado los asentamientos en Cisjordania y promete continuar por ese camino.
La comunidad internacional, en su mayoría, ha fijado una línea roja, la anexión formal de Cisjordania. Algunos países ya advierten que revisarían tratados y lazos comerciales con Israel si ese escenario se concreta. Pero la historia enseña que Israel nunca ha respetado esas advertencias. Mientras Estados Unidos siga siendo su aliado incondicional, difícilmente esos límites tendrán consecuencias reales.

Primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. Foto: Naciones Unidas.
Alguna vez fue Gaza
Mientras tanto, la realidad en la Franja de Gaza es devastadora. La ciudad de Gaza, epicentro de las operaciones militares, ha sido reducida a escombros. Tanques y maquinaria pesada recorren lo que antes eran calles habitadas, y las masacres contra civiles no se detienen. Solo en las últimas 24 horas, al menos 61 personas murieron y 220 resultaron heridas, según fuentes médicas locales. El saldo acumulado desde el 7 de octubre supera las 65 mil muertes y más de 166 mil heridos. Los desplazados se cuentan por millones, al mismo tiempo que las imágenes de familias enteras huyendo entre ruinas inundan las redes sociales. Y no solo es Gaza. Israel continúa bombardeando objetivos en Líbano y Siria, ampliando aún más la zona de conflicto.
En este contexto, cabe preguntarse: ¿De qué sirve reconocer a Palestina si no existe soberanía sobre un territorio definido? ¿Dónde abrirán sus embajadas los países que hacen este gesto? ¿Es suficiente un asiento simbólico en Naciones Unidas mientras sobre el terreno continúan los crímenes de guerra y el despojo?
El secretario general la ONU, António Guterres, lo advirtió ante el Consejo de Seguridad: “El proceso corre el riesgo de desaparecer por completo. La voluntad política se siente más distante que nunca”.
Asimismo, en un intercambio reciente con periodistas fue más directo: “¿Cuál es la alternativa? ¿Un solo Estado donde los palestinos vivan sin derechos en su propia tierra?”. Guterres subrayó que es “deber de la comunidad internacional mantener viva la solución de dos Estados”. Pero más allá de las palabras, poco se ha hecho para materializar esa visión.

Ataque en Gaza. Foto: Aton.
La ONU corre el riesgo de convertirse en un foro puramente simbólico, si es que ya no lo es. En un escenario donde los Estados hacen declaraciones solemnes mientras en Gaza continúa el exterminio. El reconocimiento de Palestina es, en este sentido, un acto más político que práctico. No cambia la correlación de fuerzas, no detiene las bombas ni salva vidas. Al contrario, ofrece a Israel una excusa para acelerar la anexión de territorios, tal y como los ministros más extremistas están haciendo.
La historia reciente demuestra que las declaraciones internacionales rara vez detienen la violencia en Medio Oriente. Hoy, el sistema multilateral muestra sus fracturas más profundas desde la caída del muro de Berlín. El mundo parece organizarse en bloques de influencia, mientras Gaza se convierte en la herida abierta que evidencia la incapacidad global. Y aunque 157 países ya reconocen a Palestina, la pregunta persiste: ¿Sirve de algo el reconocimiento si no hay soberanía, si no hay paz, si no hay seguridad?
En definitiva, reconocer a Palestina en el papel no cambia la realidad del pueblo palestino. La soberanía, el derecho a existir y a vivir en su tierra, siguen estando en manos de un Israel que no oculta su intención de negarlos. Mientras, la comunidad internacional se limita a declaraciones.






