Hace tiempo que no esperaba una película con tantas ganas. Y eso siempre es un riesgo: las expectativas suelen ser el peor enemigo del disfrute. Sin embargo, pocas veces me he alegrado tanto de haber salido de mi casa, en una noche invernal y amenazante de tormenta, para pasar casi tres horas frente a una pantalla de cine. Salí de la sala con esa sensación que hace tiempo no tenía: la de sentir que una película había sido más grande de lo que imaginaba.
Mientras la veía pensaba en un género que hoy parece casi olvidado: los péplums. Esas enormes películas sobre romanos, griegos y egipcios que Hollywood produjo con entusiasmo durante los años cincuenta y comienzos de los sesenta. Siempre se habla de ellas como espectáculos monumentales —los decorados, los miles de extras, el color, el formato panorámico—, pero a veces olvidamos por qué existían. El cine estaba perdiendo público frente a la televisión y la respuesta de la industria fue hacer algo que la televisión no podía ofrecer.
Pantallas más grandes, mundos más vastos, historias que justificaran salir de la casa. No deja de llamarme la atención que estemos viviendo una discusión parecida. Cambió el competidor, ahora son las plataformas, pero la pregunta sigue siendo exactamente la misma: ¿qué puede ofrecer una sala de cine que no pueda ofrecer el living de mi casa?
Christopher Nolan lleva años respondiendo esa pregunta a su manera. No sólo porque haga películas “grandes”, sino porque entiende que hay historias cuya escala necesita ser compartida con otros. La experiencia forma parte del relato y si el relato es épico, la experiencia también debería serlo.
Lo interesante es que en La Odisea esa épica nunca termina siendo un fin en sí mismo. La tecnología está puesta al servicio de una narración sorprendentemente clásica. Nolan podría hacer todo tipo de parafernalia visual usando cada avance técnico disponible y, sin embargo, decide contar la historia con una claridad que permite habitar ese mundo sin perderse en él. Sus obsesiones siguen ahí —el tiempo fragmentado, las historias construidas desde los recuerdos, las piezas que el espectador debe ir ensamblando—, pero nunca desplazan el centro de la película.
Y el centro sigue siendo Homero, sus luchas y conflictos. Me impresiona que un relato escrito hace casi tres mil años continúe encontrando lectores y espectadores. Porque “La Odisea” nunca fue solamente una aventura. Es una historia sobre la memoria, sobre la pertenencia, sobre el deseo de volver a casa y descubrir que ni el hogar ni uno mismo permanecieron intactos durante la ausencia. Y en este caso, Nolan subraya en la obra una reflexión profunda y urgente sobre como la violación de acuerdos civilizatorios abre el camino hacia el caos y la violencia. En tiempos tan desorientados como los nuestros, ese énfasis humanista adquiere una fuerza inesperada.
Podría detenerme en la puesta en cámara, en el diseño de producción, en el trabajo sonoro o en un elenco extraordinario —con una Samantha Morton que consigue convertir a Circe en un personaje inolvidable en apenas unos minutos—, pero todo eso termina funcionando porque está al servicio de una historia que sigue haciéndonos preguntas.
Como pasa con el buen cine, no salí de la sala pensando en los logros formales, sino en que todavía existen películas capaces de recordarnos por qué el cine sigue siendo una experiencia colectiva. Y esa sensación, la de salir de casa para encontrarse con una historia más grande que uno mismo pero que remite a lo que somos, hacía bastante tiempo que no la tenía.




