Transición interrumpida que debilita la democracia

  • 05-03-2026

Más allá del ruido político y mediático, el quiebre en las conversaciones entre el presidente Gabriel Boric y el mandatario entrante José Antonio Kast no es relevante por la controversia puntual ni por el agrio cruce de dimes y diretes al que hemos asistido, acerca de quién tiene la razón. Más significativo, y lamentable, es el mensaje que transmite a una ciudadanía que desde hace un tiempo ya observa con escepticismo a sus instituciones. En democracias maduras, el conflicto es normal, así es que no es ése el problema, sino la legitimidad del sistema cuando, por ejemplo, el presidente saliente y el entrante se acusan mutuamente de faltar a la verdad.

Veamos dónde estamos. Los datos de estudios como Latinobarómetro muestran desde hace años una caída sostenida en la confianza hacia los partidos, el Congreso y el Gobierno en América Latina, y Chile no ha sido la excepción. Cada episodio de confrontación entre autoridades de alta investidura y, en este caso, de los dos principales dirigentes del país, actúa como confirmación de que la política no logra construir mínimos compartidos. Sabemos que la confianza de la ciudadanía en las instituciones es esencial para la gobernabilidad, pero también hemos constatado que nuestros dirigentes no siempre la cuidan.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha advertido reiteradamente que la legitimidad democrática no depende únicamente de la mera existencia de reglas, sino también de prácticas cotidianas de cooperación, reconocimiento y respeto entre adversarios. La política no se sostiene solo en la Constitución o en las leyes, sino también en hábitos republicanos. Hay además una dimensión simbólica: la política ocurre en el espacio público, en lo que aparece ante los demás. Los gestos, las palabras y las rupturas construyen realidad. Es decir, el tema no es entre Boric y Kast y viceversa, sino ante el conjunto del país. En este Chile polarizado, la ciudadanía tiende a evaluar negativamente al sistema en su conjunto cuando percibe que las élites no logran acuerdos básicos.

Por eso, más allá de quién tuvo la culpa -insistimos que en relación a lo fundamental no es lo relevante- el episodio importa afecta la credibilidad de las instituciones y de las dirigencias en su conjunto. Quienes ejercen estos dos liderazgos encarnan la continuidad del proceso democrático, lo cual implica la más alta responsabilidad. Chile necesita que la política demuestre que puede gestionar los conflictos inherentes a una sociedad diversa con un mínimo marco común.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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