Diario y Radio Universidad Chile

Año XIV, 5 de octubre de 2022

Escritorio

Cómo iluminar las zonas oscuras de internet


Lunes 20 de junio 2016 8:37 hrs.


Compartir en


Del tipo que sea: por clase social, raza o etnia, barrio o estilo de vida, lo cierto es que estamos experimentando diferentes modelos de segregación que nos tienen aislados dentro del mundo global. Una paradoja que se profundiza día a día y cuya salida es difícil de imaginar. Nunca antes en la historia de la humanidad ha habido tanta información respecto de lo que sucede a otras personas, aunque éstas se encuentren en lugares que nunca se visitarán. No es una información que provenga de las crónicas de viajes, como hace 500 años, cuando los europeos leían con ansiedad cómo era la vida de quienes habitaban lugares exóticos, como Sudamérica. Hoy, la información es producida y difundida desde cualquier punto del planeta, por sus habitantes o viajeros también, pero desde ahí es difundida de manera instantánea, dando una y otra vuelta a la Tierra a través de las redes sociales. Este ejercicio es el que tiene ocupado a una buena parte del mundo civilizado que se divierte e informa, que hoy es casi lo mismo, a través de sus celulares o computadores, si es que cuentan con internet. La supercarretera de la información de la que se hablaba a comienzos de los noventa es hoy un lugar de permanencia, no de paso, aunque la forma de habitarla sea dando saltos a través de imágenes o videos que nos remiten desde el pequeño niño muerto por un cocodrilo en pleno parque de diversiones en Estados Unidos hasta la guerra de guerrillas en Siria, pasando por recetas de cocina y propaganda medioambientalista. Todo mezclado y captado de una sola vez, haciéndonos sentir que somos parte de un mundo global e interconectado, sin tiempo ni noción de percatarnos que, en medio de esa avalancha de información, hay enormes espacios vacíos de los que no sabemos nada.

Este estado de hiper información en el que estamos sumergidos no nos da el tiempo para que podamos desarrollar las interacciones humanas de antaño. De modo que sabemos mucho más sobre las misteriosas muertes del lince ibérico debido a una intoxicación por vitaminas defectuosas que lo que le está sucediendo a personas que viven a escasos metros de nuestros hogares, si es que en verdad podemos jactarnos de saber lo que está sucediendo al interior de estos. Dejando para otro análisis el problema de la comunicación interfamiliar, urge hoy visibilizar los guetos en los que estamos sumergidos y sus nefastas consecuencias en nuestra formación moral y ciudadana.

Dos iniciativas, una desarrollada en Medio Oriente y la otra en Chile, permiten asomarnos con vértigo a esa distancias astronómicas que nos separan de quienes debiéramos sentir más cercanos. La experiencia chilena tiene el nombre de Kuykuitin, que en mapuzungun significa encuentro y que nació por la iniciativa del joven sacerdote jesuita y estudiante de un doctorado en Educación en la Universidad de Berkeley, Cristóbal Madero, y el historiador y estudiante de doctorado en la Universidad de Georgetown, Daniel Cano. Ambos postularon a un proyecto de la Universidad de Berkeley llamado Grandes Ideas que tenía como objetivo “concientizar a los profesores de historia que educan a la elite de nuestro país sobre el conflicto entre el Estado y el pueblo mapuche”, según cuentan en una entrevista aparecida en la Revista Qué Pasa. Con los fondos de esta Universidad estadounidense, lograron financiar este programa de capacitación destinado a profesores de los 10 colegios más caros de Chile, que los sumerge en la vida social y escolar mapuche, llevándolos hasta la comuna de Tirúa, a vivir en sus comunidades y asistir a las clases de sus escuelas. Los testimonios de estos profesores son reveladores de la suerte de apartheid que vivimos en Chile. Dicen que la experiencia los cambió en lo profundo, sobre todo, en la manera de sensibilizar y educar a sus alumnos en la cultura e historia entre nuestros pueblos.

La otra experiencia se desarrolla en el Medio Oriente, específicamente en los territorios ocupados por Israel, donde una ONG llamada Romper el silencio ha convocado a 26 escritores de diferentes nacionalidades y prestigio para que conozcan y escriban sobre lo que viven los palestinos. En estos momentos, el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, con sus 80 años a cuestas, se encuentra en los territorios ocupados recabando información y reporteando al más puro estilo de sus años mozos. La invitación la recibió de los fundadores de esta ONG, dos ex militares israelíes que se declaran patriotas y sionistas, pero que no están dispuestos a seguir cargando con la discriminación y vulneración de los DDHH que se comete día a día en Cisjordania o Gaza.

Ambas experiencias tienen en común la idea de llevar personas que tienen la capacidad de influir, como los profesores de historia de las clases altas chilenas o escritores de renombre internacional, para que puedan empaparse en una realidad que corresponde a una de esas zonas oscuras de internet, de las que no tenemos información ni posibilidades de sensibilizarnos. Personas relevantes en sus ámbitos de trabajo que tienen la capacidad de influir en otros, y que pueden a través de sus testimonios, es decir, según el modelo de los antiguos cronistas de indias, por ejemplo, relatar desde sus perspectivas lo que significa vivir en la zona mapuche o en los territorios ocupados hoy por Israel.

Las similitudes de ambos proyectos son patentes y, por lo mismo, estremecedoras.

La segregación que hemos establecido en las sociedades actuales nos remiten a tiempos remotos, como si poco hubiese cambiado. La esperanza la entregan los jóvenes, quienes están construyendo fórmulas creativas y de un impacto que hoy es impredecible.