Nadie puede negar la crisis social que llega a las escuelas. No tiene que ver con la consigna de una emergencia, sino más bien con un profundo proceso de transformaciones aceleradas que afectan simultáneamente la vida y que se muestran como fenómenos concretos: pobreza y supermillonarios, migraciones, destrucción ecológica, guerras, criminalidad, encierro, crisis de salud mental, precarización de la infancia y la vejez, entre otros. Las crisis son momentos de incerteza y que implican decisiones. Chile ha reflejado estas crisis con la inestabilidad de las coaliciones políticas en los últimos 20 años, y por tanto en un vaivén de decisiones crecientemente polarizadas, y por lo mismo incapaces de procesar la crisis.
Es en este mundo y país en crisis donde existen las escuelas. El amplio y porfiado grupo de personas que mantiene una esperanza intuitiva o aprendida en mostrarle caminos a las nuevas generaciones desde distintos lugares del saber y del cuidado, incluso del carácter, pueblan y dirigen escuelas. Obviamente tienen distintos grados de éxito, y no todos tienen las herramientas ni condiciones que se requieren para enfrentar la profundidad de la crisis. No obstante, en todos los espacios escolares hay una o más ideas que orientan el cómo entregar algo a las nuevas generaciones para que sostengan sus vidas, ya sea con fuerzas de adaptación o con fuerzas de transformación. La escuela para esos grupos entrega algo que cataliza esperanzas. Ese algo es por sobre todo una acogida pedagógica.
Una acogida pedagógica se preocupa del aprendizaje y del desarrollo como derecho, del saber disciplinar y de las habilidades, de la convivencia y el respeto, de la rigurosidad y del cuidado. En la escuela se muestra como una compleja trama de espacios que implican desde políticas y micropolíticas para otorgar condiciones básicas de crecimiento, hasta iniciativas que abstraigan a niños, niñas y jóvenes de sus crisis cotidianas y la lleven a explorar las más abstractas ideas que la humanidad ha propuesto y sus más concretas creaciones. La acogida pedagógica permite experimentar la “educación como práctica de libertad”, tal como lo propusiera el pedagogo Paulo Freire.
Cuando las generaciones garantes y responsables entienden la escuela y pedagogía como parte de la acogida pedagógica, entienden también que su expresión requiere uno o más modelos. Por ejemplo, una escuela que acoge en la pedagogía puede verse como equipos docentes, directivos y profesionales que indagan y reflexionan constantemente sobre su tarea, y en ese proceso van innovando y actuando. No es una aplicación ciega de teorías, sino una constante relación cíclica de teorizar y practicar, de entender y de implementar, con disposición a corregirse a través del diálogo profesional y comunitario. El tiempo pedagógico se usa en esos procesos, y a través de esa posibilidad se abre la generación de aulas y escuelas como espacios de protección.
Construir escuelas como espacios de protección requiere de confianza profesional, de un liderazgo distribuido, que otorgue autonomía a equipos profesionales, y que movilice voluntades y saberes más allá de la escuela. La escuela que conecta con sus comunidades también se protege con ellas.
Esta escuela no es una quimera. Ejemplos existen en Chile y en otros lugares del mundo. Recientemente, participé de una delegación de la Universidad de Chile que visitó el Liceo Bicentenario San Nicolás, en Ñuble. El Liceo es un espacio protector, que estimula a estudiantes y docentes a mantenerse activos, a innovar, a preocuparse por su entorno comunitario y ecológico, a construir futuros en conjunto. Por ejemplo, los estudiantes puedes escoger entre cuatro idiomas para desarrollar el manejo de una lengua extranjera. El Liceo tiene tres salas multisensoriales, que permiten acoger a estudiantes en su diversidad, así como también brindar apoyo a quienes requieren otras experiencias para aprender. Los agrupamientos flexibles desdibujan la tradicional visión de “cursos” para explotar los intereses de los estudiantes, permitiendo cumplir con objetivos básicos o desarrollar talentos más avanzados en algunas materias. Todos los estudiantes participan de alguna expresión artística disciplinadamente. Y todo esto tiene a su haber la priorización de las y los estudiantes. Los consejos de profesores son casi inexistentes. Hay equipos de profesores que estudian y se organizan para seguir innovando, buscando oportunidades para sus estudiantes. Es una escuela que protege, y así hay muchas en Chile.
El Gobierno ha ingresado un proyecto de ley que clama proteger las escuelas desde otra mirada. Lo hace aprovechando el escenario que otorgó el terrible asesinato de una inspectora en un establecimiento en Calama a manos de un estudiante. El proyecto incorpora penalizaciones y disciplinamiento conductual en comunidades escolares. Señala proteger a las comunidades incorporando la opción de instalar dispositivos de detección de metales, procesos de revisión de pertenencias a todos los miembros de la comunidad, prohibición de expresiones seleccionadas en vestimentas o accesorios, la vigilancia mediante tecnologías de reconocimiento facial, y la sanción a interrupciones de clases.
Está bien documentado que el impacto de estas medidas en la seguridad no está probado, y de hecho su impacto en la percepción de seguridad puede ser negativo. Son medidas costosas, que consumen muchísimo tiempo y que interrumpen el ambiente de aprendizaje, además de afectar a los estudiantes al acarrear impactos en su desarrollo social y psicológico. Asimismo, es notable que en otros países estas prácticas terminan desfavoreciendo a los sectores más vulnerados, aumentando la percepción de disparidad y desigualdad motivada por clasismo o racismos. Incluso, se ha documentado que la excesiva vigilancia y restricción que ofrece esta idea de seguridad crea prácticas que sostienen trayectorias que empujan a los estudiantes en mayor riesgo a evitar asistir a la escuela.
En Chile hay escuelas que protegen y no requieren criminalizar a sus estudiantes o sus comunidades. Aprendamos de ellas y no de las prácticas que no han funcionado. De otra manera, estaremos legitimando un extravío ideológico que se aprovecha de una tragedia para crear, mantener y profundizar una crisis, en vez de contribuir a formar generaciones que puedan enfrentarla con esperanza.






