Una oposición que deja de oponerse

  • 12-07-2026

Hay una confusión que se repite en el debate público: creer que el rol de una oposición es llevarse bien con quien gobierna. Claro que no lo es. El rol de una oposición democrática es proponer alternativas, no sumarse a los poderes de turno para evitar la fricción. Cuando eso se pierde, no se pierde solo una votación, se pierde algo más caro: que la ciudadanía tenga opciones reales, hoy y en la próxima elección.

Esta semana en Chile quedó retratado con precisión quirúrgica. Un grupo de senadores del PPD negoció con el gobierno un punto sensible de la mega reforma, la invariabilidad tributaria, y a cambio de ciertas condiciones aceptó no recurrir al Tribunal Constitucional. Días después, el Ejecutivo ingresó una indicación que alteraba justamente esas condiciones, profundizando la rebaja al impuesto corporativo más allá de lo conversado. El PPD se bajó del pacto de inmediato y habló de “trampa”. Lo lamentable no es que la oposición haya negociado, es la disposición a negociar sin resguardo, sin garantías de que lo acordado se sostuviera una vez que dejó de convenirle al gobierno.

Esa no es una anécdota menor, si no el resumen perfecto de lo que le pasa a una oposición que negocia sin tener claro qué está dispuesta a ceder y qué no. No es solamente un problema de mala fe ajena, aunque parece ser que la hubo. Es un problema de cómo se entra a una mesa de negociación cuando no se tiene la fuerza, ni la unidad, para sostener lo pactado si la otra parte decide cambiar las reglas a mitad de camino.

Cuando una oposición negocia dispersa, sin respaldo firme de todo su bloque, cualquier acuerdo queda expuesto a que el gobierno lo reinterprete apenas convenga. Y nadie adentro tiene después la fuerza para reclamar, porque tampoco hubo una posición común que defender desde el principio. Esto no le pasa solo a Chile ni a la izquierda, le pasa a cualquier oposición que confunde dialogar con el gobierno, que es normal y hasta necesario, con negociar sin las garantías mínimas para que ese diálogo se respete.

Y aquí hay que ser honesto: negociar no es el pecado, el pecado es negociar sin poder de veto real. Una oposición con proyecto propio y bloque unido negocia desde una posición de fuerza, y si el gobierno rompe lo pactado, tiene con qué responder. Una oposición fragmentada negocia desde la debilidad, y cuando el gobierno decide que ya no necesita cumplir, no le queda más que el comunicado de indignación. Esto le hace daño a la democracia entera, no solo al partido que quedó con la cara roja esta semana. Un gobierno que aprende que puede negociar, obtener lo que necesita, y después modificar los términos sin mayor costo político, no tiene ningún incentivo futuro para negociar de buena fe.

Hay además un costo que se paga más adelante. Una oposición se construye entre elecciones, no en la semana previa a la siguiente. Si la centroizquierda tradicional no logra ni siquiera sostener un acuerdo propio frente al gobierno, es difícil imaginar de dónde va a salir, cuando corresponda volver a competir, un candidato con relato propio capaz de disputarle en serio el poder a un oficialismo ya instalado. La alternancia no aparece sola el día de la elección, se construye en episodios exactamente como este.

Por eso conviene repetirlo sin adornos: el rol de una oposición es proponer alternativas, no sumarse a quienes gobiernan para llevarse bien. No puedes dejar a la ciudadanía sin opciones reales, ni para el debate de hoy ni para pelear por una alternancia futura. Eso, simplemente, se llama hacer política. Lo demás es acompañamiento con nombre distinto.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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