“Las ciudades, como los sueños, están hechas de deseos y miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas y todo oculte algo más”. (Italo Calvino. “Ciudades invisibles”)
Terminando este mes se puede dar cuenta del atractivo que despiertan algunas construcciones que han logrado constituirse en espacios públicos que permiten mostrarnos parte de lo que somos, sea por lo que impone un edificio al gusto estético o por la historia que porta como testimonio del tiempo. Espacio y tiempo son categorías que actúan cotidianamente en nuestro vivir, y la mirada a un pasado ayuda siempre a una comprensión del presente; este es el gran secreto que permite valorar la historia haciendo los esfuerzos por recuperarla, un intento propio de la memoria. Definitivamente el patrimonio es un símbolo que se transforma en una huella para acercarnos de manera auténtica a lo que somos. El Día de los Patrimonios da cuenta de esta necesidad individual que adquiere un carácter colectivo festivo: las ciudades despiertan en estas fechas y logran convocar a que los ciudadanos las habiten.
En estos días he leído columnas que lamentan el abandono de los cascos históricos, junto a otras visiones más optimistas que aseguran que vivimos un momento importante de recuperación de la ciudad. Entre más la caminamos y la habitamos, podemos ir convenciéndonos de esta segunda visión. El deterioro de los cascos históricos más bien es una excusa para negarnos la posibilidad de habitar la ciudad; lo cierto es que las ciudades siguen llenas de vida, y lo triste es cuando, excluyéndonos, dejamos de habitarla. Apostar al espacio público es una tarea ciudadana que requiere una actitud política, pues la ciudad es el mejor espacio de encuentro entre los ciudadanos, ya sea en sus espacios públicos o en los lugares que habitamos. Las viviendas que sirven de cobijo requieren estar rodeadas de espacios públicos en función de la convivencia.
Esta necesidad es lo que hace que la arquitectura sea una herramienta política, y la responsabilidad profesional debe estar orientada por una ética cívica. “Que la arquitectura sea siempre una fiesta y una construcción”, decía Pedro Prado, gran arquitecto chileno protagonista del movimiento de los Decimales, en la imponente casona de calle Santa Rosa. El arquitecto aporta a la transformación de la ciudad sin abandonar su sentido estético ni lo funcional.
El ser humano y los espacios que habita van mutando con el tiempo; no pensar las ciudades puede provocar daños irreparables como el desarraigo, cuestión que motiva una búsqueda incesante de un lugar al cual poder pertenecer. Las ciudades utópicas representan esta necesidad de escapar hacia otro lugar, de no habitar un estar más próximo que suele ser donde hemos sido. La arquitectura debe ser capaz de construir lo utópico en el lugar que habitamos, creando espacios donde podamos sentir ese sentimiento de pertenencia.
Entre la responsabilidad política y la construcción de utopías, la construcción de viviendas sociales es una de las cuestiones más serias que la política pública debe asumir, aunque desde los gobiernos ha representado una amenaza constante. Escasos han sido los proyectos gubernamentales que han logrado buenos espacios para habitar, y entre los arquitectos la sensibilidad por lo colectivo no parece un imperativo. Sin embargo, algunos nombres son memorables: los Premios Nacionales Fernando Castillo Velasco, Miguel Lawner, Cristián Castillo Echeverría, y el Premio Pritzker Alejandro Aravena. Este mes de los patrimonios nos permite visualizar algunos rasgos de nuestra historia.






