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Año XI, 25 de agosto de 2019

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Cambia todo cambia… (pero nada cambia)

Aunque en las filas oficialistas sea un himno casi a la altura de las composiciones clásicas de la Nueva Canción Chilena, lo cierto es que esa música refleja lo alejada que está la clase política de centro-izquierda –y la clase política en general– de lo que está sucediendo en el país... Nuestra centro-izquierda es en realidad una centro-derecha… a la europea, pero igual lo es. Es decir, son viejos-viejos y añejos-añejos.

Víctor Herrero

  Lunes 1 de febrero 2016 8:37 hrs. 
CHILE

Julio Numhauser, uno de los fundadores de Quilapayún en julio de 1965, grabó como solista en 1982 una canción titulada “Todo cambia”. La canción alcanzó popularidad continental gracias a la versión que realizó Mercedes Sosa en 1984. La letra habla de cómo las personas, las cosas y el mundo van cambiando con el tiempo, pero es, en el fondo, un canto de un exiliado que afirma que todo puede cambiar menos el amor por el país natal.

Es una canción hermosa, de letra sensible, un canto que forma parte ya del repertorio clásico de los estandartes de la Concertación y la Nueva Mayoría, en especial para aquellos que sufrieron el exilio durante la dictadura de Pinochet.

Aunque en las filas oficialistas sea un himno casi a la altura de las composiciones clásicas de la Nueva Canción Chilena, lo cierto es que esa música refleja lo alejada que está la clase política de centro-izquierda –y la clase política en general– de lo que está sucediendo en el país.

Transcurrido un año desde que estallara el caso Caval, la Presidenta Michelle Bachelet no cambia de tono ni de discurso. Si bien ahora no fue “me enteré por la prensa”, la mandataria recurrió a los mismos argumentos emocionales y maternales de hace un año para referirse a la formalización de la madre de sus nietos, Natalia Compagnon. Es como si, pasados 12 meses, Bachelet aún no se diera cuenta que la cariñocracia que ella misma inauguró en 2006 se acabó, y se acabó por siempre. Ya no existe esa conexión emocional entre la Presidenta y la ciudadanía. Es muy distinto la postura política de “Yo siento tu dolor y carencias” que aplicaba hace una década hacia los ciudadanos, que el “Sientan mi dolor y carencias” que la mandataria ejecuta ahora.

Nuevamente, pasado un año parece que la inquilina de La Moneda no ha entendido nada acerca del impacto sicológico-política de Caval, una empresa proto-mafiosa manejada por su nuera y su propio hijo.

Pero nada cambia para nadie. El histórico coronel de la UDI, Pablo Longueira, involucrado ahora en el escándalo de Soquimich, publicó ayer una columna de desagravio en el diario El Mercurio, cuyo tono en nada se diferencia del que utilizó su correligionario y colega coronel Jovino Novoa hace exactamente un año. En esa columna, Longueira se queja de filtraciones a la prensa y del juicio público que condena de antemano a los acusados. Es un déjà vu. Y, para más remate, se le escapa un lapsus freudiano. Afirma el ex ministro de Piñera, que estuvo a cargo de implementar la Ley de Pesca que otorgó los frutos del mar de Chile a siete familia: “Me duele ver a la mayor parte de los dirigentes políticos tratados como delincuentes”. Como dirían los niños en su implacable lógica: lo dijo él, no yo. La frase de Longueira recuerda al “Chile no es un país corrupto” que pronunció el ex ministro Peñalillo en el oráculo de Delfos del establishment chileno, llamado Icare, o al “Yo no tuve sexo con esa mujer” del presidente estadounidense Bill Clinton respecto a la practicante de la Casa Blanca Mónica Lewinsky.

Así las cosas, tanto la presidenta como la derecha mantienen, en esencia, el mismo discurso que emplearon hace un año. Como si en estos 12 meses nada hubiera cambiado.

Para empeorar las cosas, en una reciente junta del Partido Socialista los militantes vitorearon a la presidenta de ese conglomerado, Isabel Allende, dando a entender que ella podría ser su candidata presidencial en 2017. Con ello, el PS cuenta ahora con tres posibles candidatos: la propia Isabel Allende (71 años), José Miguel Insulza (72 años) y Ricardo Lagos (77 años). “Es un orgullo tener tres cartas (…) en el camino veremos cómo se plantean las cosas”, afirmó el senador socialista Carlos Montes.

El promedio de edad de esos tres candidatos es de poco más de 73 años, es decir, ocho años más viejos que la edad que tenía el Presidente Salvador Allende cuando murió en La Moneda en 1973. ¿Ese es el futuro de Chile? Es verdad, la política no tiene edad. Pero como dijo el propio Allende en un discurso ante alumnos de la Universidad de Guadajara de México en diciembre de 1972: “Hay jóvenes viejos y viejos jóvenes, y en éstos (últimos) me ubico yo”. Y, la verdad, es que los socialistas actuales tienen olor a viejos-viejos.

Ser viejo-viejo hoy en día en política (es decir, estar a favor de que nada cambie) es un especialidad de la neo Concertación. Nicolás Eyzaguirre, el ministro Secretario General de la Presidencia, la entidad encargada de llevar adelante la agenda legislativa del gobierno, afirmó en una entrevista publicada ayer en el diario La Tercera: “El gobierno ha mostrado templanza a la hora de no dejarse presionar por los trabajadores en la tramitación de la reforma laboral”.

Qué distinto sería que el Ministro hubiera cambiado la palabra “trabajadores” por “empresarios”. Pero, claro, en ese caso sería un viejo-joven. Y nuestra centro-izquierda no está para esas cosas. Nuestra centro-izquierda, seamos francos, es en realidad una centro-derecha… a la europea, pero igual lo es. Es decir, son viejos-viejos y añejos-añejos.

En definitiva, todo cambia aunque nada cambie.