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Año XII, 14 de agosto de 2020

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Elise Servajean Bergoeing

Nuestros cielos son calidad de vida

Elise Servajean Bergoeing | Viernes 31 de julio 2020 19:26 hrs.


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Siempre que puedo miro al cielo de noche, aunque sea por un instante. No sé si es un reflejo por ser astrónoma, simple curiosidad o una combinación de ambas, pero siempre busco ese instante para perderme un rato en él.

Hace algunas semanas me invitaron desde un medio de circulación nacional a compartir mis recomendaciones para disfrutar del cielo durante la cuarentena, y si bien me pareció una idea muy bonita, me di cuenta de que son muy pocas las personas que realmente pueden disfrutar el cielo desde sus casas. Ustedes se preguntarán, pero cómo, si yo miro la Luna todas las noches. Sin embargo, debido a la contaminación lumínica nos perdemos de muchas otras maravillas.

Según el Censo realizado en 2017, el 87,8% de la población vive en zonas urbanas, y muchas de esas personas viven en ciudades cuyo brillo ambiente les impide disfrutar del cielo. Entonces pienso que incluso para observar el cielo existe desigualdad. ¿No sería increíble que todos pudiésemos asomarnos por la ventana y disfrutar de ese maravilloso bien común que son los cielos oscuros?

El norte de Chile es una zona privilegiada por un cielo de una calidad que pocos lugares del mundo posee. La combinación de geografía, condiciones climáticas con bajas precipitaciones, además de la situación política y económica, han hecho que las regiones de Antofagasta, Atacama y Coquimbo se vuelvan uno de los destinos favoritos para los telescopios. De hecho, para el año 2030 Chile contará con casi el 60% de toda la capacidad astronómica mundial. Por lo mismo, desde el mundo de la astronomía estamos constantemente pendientes de si las condiciones favorables empeoran, y la mala noticia es que sí lo han hecho. El alumbrado artificial de ciudades, carreteras y faenas mineras han hecho que la excelente calidad de “cielo prístino” que poseía la Región de Coquimbo haya sido degradada en el año 2019. Esto, sin duda, es un llamado de atención. Un llamado a no dar por sentado que las condiciones de nuestro entorno seguirán ahí para siempre, sino que es nuestro deber cuidarlo para disfrutarlo por la mayor cantidad de tiempo posible. Y si bien es cierto que el cielo es un recurso diferente, que no se gasta al mirarlo, sí sucede que se apaga poco a poco, cada vez que una luminaria tiene un mal diseño o no es del color adecuado.

La importancia del desarrollo de la astronomía en Chile ha evidenciado la necesidad de regular y supervisar el uso de la iluminación artificial en las regiones astronómicas. Es por eso, que en el año 2000 se creó la Oficina de Protección de la Calidad del Cielo del Norte de Chile (OPCC), cuya misión es proteger el cielo nocturno de las regiones de Antofagasta, Atacama y Coquimbo. La primera norma lumínica en nuestro país fue el Decreto Supremo Nº 686/1998 del Ministerio de Economía, Fomento y Reconstrucción, que entró en vigencia el año 2000. Una década y media después, en 2014, entró en vigencia una segunda norma lumínica más exigente, el D.S. Nº 043/2012 del Ministerio del Medio Ambiente, la que restringe el uso de luminarias que emiten luz hacia el cielo y también restringe cierto tipo de luz que llamamos generalmente luz fría, ya que tiene un mayor impacto en nuestro organismo, además de viajar en forma más desordenada, lo que dificulta dirigirla únicamente hacia el suelo.

Entonces, podemos agradecer a la astronomía el hacernos este llamado de atención, ya que la contaminación lumínica no solo impacta a los observatorios, sino que también a las personas y a otros animales. La luz artificial cambia los ciclos naturales de nuestro cuerpo del día y la noche, y eso, a su vez, impacta en la producción de melatonina impidiendo tener un sueño reparador.  En ese sentido, cabe destacar que uno de los principales reguladores de esto es la capacidad de nuestro cuerpo de detectar si la luz es blanca/azul (fría) o ámbar (cálida). Justamente, la llegada de la tecnología LED ha significado que estemos mucho más expuestos a las luces más azules, que son las que más impacto tienen tanto en nuestro organismo como en el entorno.

Proteger el cielo no es algo poético. Si bien es cierto que este nos ofrece grandes beneficios, como inspirar más vocaciones científicas, desarrollar la curiosidad o simplemente disfrutarlo, no podemos olvidar que protegerlo también es cuidar nuestra salud.

Por lo anterior, vuelvo a preguntarme, ¿no sería increíble que todos pudiésemos asomarnos por la ventana y disfrutar de ese maravilloso bien común que son los cielos oscuros? La respuesta es sí, sería maravilloso, pero además necesario. En el año 2009, en la proclamación del Año Internacional de la Astronomía de la UNESCO se utilizaron las siguientes palabras: “El cielo, nuestro patrimonio universal y común es una parte integral del medio ambiente percibido por la humanidad”. Es por eso, porque es patrimonio de todos, que sería  ideal que la norma lumínica no sea exclusiva a las regiones astronómicas, sino que se aplique en todo el territorio nacional, porque si hay algo que no debemos olvidar, es que el cielo también es calidad de vida.