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¿De qué hablamos cuando hablamos de Amor?


Lunes 14 de febrero 2022 19:56 hrs.



 

Pocos asuntos son más misteriosos en la dinámica de lo humano que el Amor. ¿Qué es el Amor? ¿Por qué amamos? ¿Por qué duele el Amor? Estas son preguntas que no sólo se han hecho las pensadoras  y los pensadores a lo largo de la historia, sino que son preguntas que nos hacemos a diario, en las redes, en la escuela o el trabajo, entre amigas y amigos. El Amor nos obsesiona, quizás más que cualquier otro evento humano y ha sido objeto de una gran cantidad de libros que podrían inundar bibliotecas enteras.

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de Amor?

El Amor Cortés

El Amor Cortés fue una práctica medieval que, en rigor, nace como un tema literario. Se trata de  composiciones acerca del tema amoroso, que surgen alrededor del siglo XI, en tiempos en que éstas eran cantadas por los trovadores, y que contaban acerca de una relación asimétrica que se daba entre dos amantes en la que la mujer era casada y de un rango noble y el hombre, un muchacho célibe que intentaba llamar su atención de una manera absolutamente caballeresca. El leit motiv de este tipo de relación era copiar la relación de vasallaje imperante en la Edad Media: la cuestión entre el siervo y el amo y su relación de dependencia. Entonces, el hombre tenía ese lugar de súbdito de la mujer, en una relación de humillación ante la mujer que era sublimada e idealizada totalmente.

Este tipo de relación nació en la literatura y fue contagiando la realidad hasta que se convirtió en parte de las prácticas, como suele pasar con las ficciones. Hoy, la literatura ya no tiene ese lugar, pero de algún modo, sí las canciones: la música, la cultura de masas, todo aquello que va constituyendo la educación sentimental de las personas y que va determinando cómo manejarse, cómo vincularse con el otro, cómo cortejar.

El Amor Cortés termina  siglos después, cuando la moral burguesa se viene a instalar sobre la práctica sexual de los sujetos e instala tópicos distintos que desbaratan al amor cortés, como la idea de que el matrimonio es sagrado y establece roles en que el hombre es el sujeto activo y la mujer el sujeto pasivo, etc.

Fue Michel Foucault quien repensó el tema del amor cortés, señalando que se trataba de intensificar placeres a partir de relaciones estratégicas. Quiere decir que el amor no sólo surge espontáneamente, sino que es un juego donde aparecen las relaciones estratégicas que ponen en tensión instituciones normativas, roles y tópicos y que es a partir de este tipo de relaciones que surge la creatividad, que es la que, en definitiva, nos aleja de la generación de pasiones tristes, pues de lo que se trata (cuando amamos) es de crear modos de amar que sean plenos y placenteros.

 

 

El Amor Romántico

El Amor Romántico surge entre el Renacimiento y la Modernidad y que tiene que ver con fijar determinado tipo de roles a partir del cambio en la familia, porque la idea del amor, la sexualidad y el matrimonio unidos en un mismo espacio, en un mismo evento, es una cosa absolutamente reciente. Anterior a ello, en la Edad Media, las vidas de los cónyuges transcurrían cada una por su lado: los matrimonios eran asociaciones que tenían determinado tipo de objetivos, a veces la procreación, a veces las alianzas políticas o alianzas tribales. El amor y la sexualidad no siempre concurrían.

Podemos entender el Amor Romántico como aquel tipo de amor  que sentimos a través de la atracción sexual hacia otra persona. Es decir, contiene la idea de atracción, erotismo y sexualidad. Lo que debemos cuidar es tener presente, que la idea de amor romántico contiene algo más que la idea del mero deseo de tener sexo. Existe una serie de sentimientos que lo hace algo mucho más complejo. Usualmente nos referimos a esos sentimientos como enamoramiento, una especie de atracción poderosa que excede cualquier tipo de apetito sexual.

El Amor romántico no es un mero sentir. El amor romántico contiene en sí mismo un ideal que moldea nuestros modos de sentir atracción y deseo, además de nuestras metas de vida. Existe un ideal regulatorio de nuestras experiencias amatorias, nuestras relaciones deben ser apasionadas, personales, íntimas, duraderas, generadoras de un “nosotros” que borre nuestros límites, una fusión total con otro. Un ideal que nos sugiere una idea de armonía, felicidad, completitud, comprensión mutua y toda una serie de ideas que nos llevan a pensar que se trata del encuentro entre dos almas gemelas que van a amarse por el resto de sus días para vivir felices comiendo perdices. Es decir, es toda una norma de deseo y de vida.

Por supuesto, el amor no funciona de ese modo. El enamoramiento, las relaciones sexo afectivas, sean cortas o duraderas, involucran una serie de fallas, conflictos, dolores y frustraciones que en lugar de ser tomadas como eventos razonables dentro de la interacción humana, a causa de estar bañadas por el ideal del amor romántico, se vivencian como una pérdida total de sentido de lo vital. Esto es más terrible en el caso de la socialización femenina, pues nos muestra la creación de una norma según la cual existe cierto disciplinamiento al que debemos ajustarnos. El varón es la figura proveedora y la mujer, la figura cuidadora. Los cuentos de hadas y princesas no son otra cosa que un adoctrinamiento en color pastel del rol que deben aprender las mujeres para ser parte de la sociedad, verse bonitas y pulcras para que el príncipe las elija, les dé una casa para adornar y limpiar con amorosa educación e hijos para criar y educar. Aún flota en el sentido común la idea de que la mujer sólo encuentra su realización vital de la mano de la dependencia de un varón que la pueda hacer mujer y madre.

 

El Amor en la Literatura

Resulta llamativo el hecho de que, en general, siempre asociamos el Amor al Amor Romántico o a las relaciones sexo afectivas. Si bien éste no es el único modo en que se manifiesta el Amor, pareciera ser el que más se imprime en nuestros pensamientos, necesidades, alegrías y dolores.

La Literatura ha sido pródiga en el tópico del amor romántico. En la tragedia de Antígona de Sófocles, por ejemplo, nos encontramos con Antígona desafiando los mandatos del Rey Creonte (cuyo hijo Emón, se encuentra enamorado de ella) y se enfrenta al poder, dando sepultura a su hermano aún ante la prohibición manifiesta del Rey. Antígona es encarcelada, recibiendo el perdón del Rey demasiado tarde, cuando ella ya se había dado muerte, entonces Emón se abraza a ella y se da muerte también. Antígona ha sido leída como una figura fundamental del feminismo.

En la Edad Media aparece el constructo del amor cortés codificado en el “De Amore”, un texto de Andreas Capellanus que data del siglo XII. En sus consejos de un poco de amor cortés, propone reglas y preceptos que hoy podrían sonarnos a normativas del ideal amoroso que tanto daño nos hace en la actualidad, pero no es así, pues han sido leídos de otro modo por filósofos como Michel Foucault quien señaló que el amor cortés se trataba, en realidad, de una serie de relaciones estratégicas como una fuente de placer. Pensaba el amor y el erotismo como un juego que las jerarquías sociales aprisionan y lo confinan sólo al ideal burgués de la familia.

En un salto literario temporal, observamos qué pasa en la modernidad, en la Europa del siglo XIX de la mano de la escritora Jane Austen: los personajes de sus novelas se arrojan en la búsqueda de pareja y matrimonio. Austen indaga en las conductas de sus personajes a partir de los cambios de la fortuna de las familias terratenientes. En novelas como “Orgullo y Prejuicio” podemos ver estas situaciones socioeconómicas que implican herencias, contactos, títulos nobiliarios, prosperidades comerciales o desgracias pecuniarias. Las heroínas de sus novelas son llevadas hacia la consecución de buenos matrimonios, los cuales combinan sentimientos con conveniencia.

Otra historia interesante es la de Madame Bovary de Flaubert. Emma Bovary, quien está casada con Charles, un médico algo soso. Ella es una gran lectora de novelas románticas que, de pronto, empieza a tener amantes y a contraer deudas. Abandonada por los amantes y superada por las obligaciones, se dirige a la botica y bebe arsénico.  Esta novela causó escándalo, en su época, pues no existió un narrador que moralizara la historia.

Luego, nos encontramos con Pedro Lemebel, quien en su novela “Tengo miedo torero” nos presenta el amor entre “La loca del frente”, de orientación homosexual y Carlos, un joven chileno revolucionario. Ambientada en 1986, Carlos necesita un lugar donde planificar el atentado a Pinochet y arrienda una pieza en la casa de  “La Loca del frente”. Es interesante esta historia porque se da una relación en que ambos se empiezan a apoyar y a contagiar entre sí, de algún modo todo lo que tenía que ver con la militancia, la masculinidad de guerrillero se empieza a difuminar con el modo de ser de “la Loca” y al revés. Aparece el amor como un devenir, como un contagio, como una cosa que te pone en un trance de olvidarse de uno mismo y convertirse en el otro.

¿Por qué duele el Amor?

La escritora y socióloga Eva Illouz en su libro “Por qué duele el Amor” (2012) plantea la siguiente hipótesis antes este tema: para ella el Amor duele por una serie de cambios que tienen que ver con la modernidad. Le interesa pensar los vínculos que tienen las instituciones que tienen que ver con la productividad capitalista y las formaciones sentimentales.

Lo que la autora señala es que los matrimonios ya no sólo se concertan por beneficios económicos y sociales, sino que entran en juego los afectos. En el momento en que la libertad empieza a ser preponderante, se empieza a armar un mercado matrimonial determinado por la elección afectiva del amor.  Antes existía una comunidad que empujaba a elegir una pareja y casarse, en cambio, ahora depende de nuestras propias aptitudes salir a ese mercado matrimonial a venderte del mejor modo posible, teniendo en cuenta el elemento sexual, la posición económica, una serie de elementos que ahora están desligados de vínculos comunitarios fuertes y que están más bien determinados por normas de un mercado propio como la reputación y la capacidad económica. Ella señala que todo esto genera una gran ansiedad por estas expectativas que se deben colmar, pues existen determinados mandatos sociales para conseguir una pareja. El hombre y la mujer están parados en distintos lugares y aparece el miedo de los hombres a comprometerse y ellas que desean exclusividad.

En este punto vale preguntarse si todo esto explica por qué el Amor duele, por qué se convierte, muchas veces, en padecimiento y en desborde. Podemos pensar que no, pues estas no son invenciones de la modernidad: que el Amor duele son planteamientos que leemos en la poesía de Catulo y de Safo que son poetas de la Antigüedad.

Y esta reducción es problemática. Si creemos que las instituciones de la modernidad son las responsables de que el Amor duela, podemos pensar que si rompemos con estas instituciones, entonces el Amor no va a doler, pero no. Hay algo más. No podemos soslayar ciertas perspectivas que hablan del Amor desde el deseo, desde el lugar del cual amamos, la pulsión, el trauma. No hay manera de no sufrir, se puede sufrir menos, salir de situaciones de dominación, se puede ser más libre, pero es difícil pensar que eso nos saque de cualquier tipo de sufrimiento. Quizá siempre sea necesario poner sobre la mesa la cuestión del dolor, recuperar el debate acerca de cuánta felicidad y ausencia de conflicto existe en las relaciones socio afectivas, pues en la vida siempre va a existir algo del término del dolor y el sufrimiento y el conflicto, ya sea en el amor, el arte, la política. Negarlo, apagarlo, anestesiarlo es pretender vivir en “Un Mundo Feliz” de Huxley. No se puede controlarlo todo.

¿Qué se ama cuando se ama?

“¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?”

Gonzalo Rojas

La experiencia amatoria nos pone ante preguntas que están lejos de ser ajenas ¿el Amor, como experiencia humana, es realmente aquel arrebato incomprensible por fuera de todo mandato social insondable? ¿Nos enamoramos enigmáticamente y sin explicación? ¿Cómo escapamos al aparato normativo del amor? ¿Cómo crear prácticas de amor y de placer que incluyan siempre el placer del otro y resistir así a las múltiples imposiciones que se nos presentan?

Tal vez sea en las transgresiones a los códigos y leyes heredadas de amores trágicos como Romeo y Julieta o Abelardo y Eloísa, donde hallemos algo del coraje necesario para amar cuando nuestros objetos de amor son de aquellos que se escapan de la norma establecida.

Finalmente, el Amor es mucho más que las relaciones sexo afectivas. Simone de Beauvoir decía que “amar también es una forma de crear un futuro con los otros” Quizá esa libertad que buscamos en el acto de amar esté relacionada también con la amistad, el amor a un ideal, a una utopía, a nuestros seres queridos, a nuestras mascotas, a la naturaleza, a lo bello, que son tipos de amor que dejamos de lado constantemente en nuestras reflexiones acerca de aquello que nos mueve a amar.

El amor como una experiencia de plenitud liberadora, aunque abordar la cuestión del amor sea siempre similar a la experiencia de escribir sobre la arena.