Corría el año 1942 y el gigante de la animación occidental, Walt Disney, lanzaba la película Saludos Amigos, encargada por el Departamento de Estado de los EE.UU. como parte de la “política de buena vecindad” con el resto de los países del continente. En plena Segunda Guerra Mundial, este “panamericanismo” con fines de propaganda dio lugar a personajes como José Carioca y Pancho Pistolas, sus primeras representaciones de Latinoamérica.
Así también apareció Pedrito, un pequeño avión de correo postal chileno cuya misión es atravesar la cordillera de los Andes. Mostrado como inexperto e incluso asustadizo, este personaje provocó escozor en nuestro país. Uno de sus mayores detractores fue el historietista René Ríos Boettiger, más conocido como Pepo, quien, para representar mejor a Chile, creó a Condorito en 1949: un cóndor antropomórfico pícaro, ingenioso y chistoso.
Con esta invención no solo logró consagrar a uno de los personajes de ficción más icónicos de la cultura popular chilena. Además, recordó la importancia que el dibujo puede tener como disciplina. Como consejo para ejercerla, aseguraba que “se necesita una cultura general amplia; hay que tener conocimientos de historia, psicología y arquitectura. No basta con saber inventar diálogos”.
Como muchas otras disciplinas, el dibujo no ha gozado de un gran reconocimiento en la historia del arte chileno. Este suele narrarse a través de las bellas artes, como la pintura y la escultura. Sin embargo, cabe notar que gran parte de los imaginarios compartidos por las y los chilenos nació primero en el dibujo: desde los registros del territorio republicano hasta las ilustraciones de Coré o los trazos porteños de Lukas, quien fue el último galardonado con el Premio Nacional de Periodismo, con mención en Dibujo, en 1981.
¿Qué arriesga el patrimonio gráfico al desatender a los artistas que participaron en la construcción del paisaje cultural local? Estas y otras preguntas volvieron a hacerse eco a raíz del reciente fallecimiento del ilustrador Rufino, quien, según su colega Hervi, fue “el primero en hacer caricaturas alusivas al régimen represivo de la dictadura”. Sus satíricos dibujos, con la impronta de las gafas oscuras que distinguían a los Civiles No Identificados (CNI), dan cuenta de la historia sociopolítica de Chile.
A pesar de haber formado parte de una importante generación de historietistas y caricaturistas junto a Guillo, Palomo, Mico, El Gato y otros, la noticia de su deceso llegó con retraso y sin grandes titulares ni muestras retrospectivas de su obra. Probablemente porque el dibujo vivió su auge de la mano del desarrollo de los medios impresos de comunicación, que hoy enfrentan una de las mayores crisis de supervivencia. O quizás porque hemos permitido que su espacio en la cultura se reduzca con el avance de nuevas técnicas y tecnologías, lo que ha derivado en imitaciones fútiles y fugaces generadas por la inteligencia artificial.
Todavía existen trazos y líneas que resisten al paso del tiempo. Como las reconocibles viñetas de Malaimagen, quien en 2020 recibió el Premio Literario a la Narrativa Gráfica por su primera novela. El dibujante Gabriel Rodríguez, quien ilustró Other Worlds Than These, la próxima novela que Stephen King lanzará a fines de año. E incluso Antonia Herrera y Gabriel Osorio, los artífices de Historia de un Oso, quienes dieron vida al mamífero animado que otorgó a Chile su primer Premio Óscar en 2016.
Por mucho que las transformaciones culturales hayan desplazado a ciertas disciplinas como el dibujo, su impacto sigue siendo indiscutible para reconocer el origen de los imaginarios colectivos que hoy constituyen nuestra memoria artística. Y está en iniciativas como el Parque del Cómic de San Miguel o la reciente exposición sobre Alfredo Adduard en la Corporación Cultural de Las Condes, reconocer la chilenidad también a partir de nuestros dibujos, como una de las expresiones más persistentes de la cultura nacional.






