El Presidente confunde la fortuna con el mérito y la pobreza con la falta de gratitud. La primera magistratura exige otra cosa

  • 27-06-2026

En menos de 48 horas, el Presidente de la República protagonizó dos escenas que corresponde leer juntas. Primero, en el Encuentro Empresarial de La Araucanía (ENELA), en Temuco, expuso el relato de una mujer que se habría comparado con una familia de altos recursos, a lo que él le habría respondido “No se compare, dele las gracias al país que hizo que esa familia pudiera salir adelante y veamos todo lo que esa familia ha aportado a la nación… las personas que han tenido éxito en la nación son dignas de reconocimiento”. Luego en Villarrica, durante una ceremonia de entrega de títulos de dominio a familias mapuche, un niño le negó el saludo. El Jefe de Estado, en lugar de dejar pasar el gesto, se enredó en una discusión bizantina con la madre y remató con una frase impropia de su investidura: “que su mamá no lo use”. Las dos escenas comparten una misma raíz: la convicción de que quien está arriba lo está por mérito propio y que quien está abajo debe agradecer y callar.

Sin embargo, que una familia salga adelante en Chile depende mucho más de donde se nació, que del esfuerzo y mérito. En efecto, en el informe de la OCDE ¿Un ascensor social descompuesto?, de 2018, se asentó que a un niño nacido en el decil más pobre de Chile le tomaría 6 generaciones solamente alcanzar el ingreso medio del país. El promedio de la OCDE es de 4 a 5 generaciones; en Dinamarca, 2. Dicho de otro modo: el lugar donde se nace —y no el talento ni el esfuerzo— determina en gran medida dónde se termina. La fotografía del patrimonio confirma lo mismo. Según el estudio de concentración de la riqueza en Chile —Castro Nofal, Flores y Gutiérrez Cubillos (World Inequality Lab, 2025) —, el 10% más rico concentra cerca de dos tercios del patrimonio privado del país, y dentro de ese grupo el 1% más rico acapara casi la mitad de esa riqueza. Una riqueza tan concentrada y tan persistente en el tiempo no se puede explicar por una virtud moral superior, sino —principalmente— por la forma en que se transmite. Ergo, más que meritocracia, hay herencia. Dígase educación pagada, redes, capital y, sobre todo, apellido.

Y aquí “apellido” no es una metáfora, y lo sé bien. El estudio del PNUD, “Desiguales. Orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile”, de 2017, muestra que entre médicos, abogados e ingenieros —las profesiones más prestigiosas y mejor pagadas— predominan los apellidos de la antigua aristocracia castellana-vasca, mientras que los apellidos mapuche se concentran en los estratos de menor estatus. En la misma Araucanía que represento, el apellido sigue pesando más que el esfuerzo. Que un niño mapuche no quiera estrechar esa mano no es un capricho “usado” por su madre. Es —tal vez— la intuición temprana de una desigualdad que viene de muy lejos.

No nos confundamos: reconocer a quien emprende, produce y da trabajo es de total justicia. Pero una cosa es valorar el esfuerzo y otra —muy distinta— es convertir la fortuna en mérito y la pobreza en falta de gratitud. Exigirle al Estado acciones para enfrentar —no para acrecentar y perpetuar— la desigualdad de origen no es resentimiento, sino solo la tarea más elemental de una República que se debe preocupar del bienestar de todos. Y aquí está el fondo del asunto, que no es económico, sino político: un Presidente de la República lo es de todos los chilenos: de los que no lo saludan, de los que no lo votaron y también de los que tienen menos. La investidura exige una templanza que en estas 48 horas estuvo ausente en el discurso y en los hechos. Lo cortés —como gusta repetir al propio Presidente— no quita lo valiente. Pero la pequeñez sí quita la estatura. Y a un Presidente de Chile se le exige, antes que nada, estatura.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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