Siete años duró la guerra a muerte en la Araucanía

  • 04-07-2026

Espantado, el mundo observa en la actualidad cómo, desde hace cuatro años, rusos y ucranianos se matan y destruyen en un demencial conflicto bélico. Irracionalidad absoluta entre naciones para resolver vetustos problemas fronterizos. Sin embargo, retrotrayéndonos al devenir local, si narramos que en el siglo XIX, durante ¡siete años!, 1818-1825, Chile luchó contra los españoles para, enseguida de Maipú, concretar la Independencia, es posible que la ciudadanía califique la información cual falacia o simple afán de especular.

La Guerra a Muerte existió. La batalla de Maipú no fue el publicitado cierre de libertad total. Únicamente una postergación. Tal como narramos en capítulo anterior, los españoles no aceptaron su descalabro militar y huyeron a refugiarse al sur: rearmarse, atacar más allá del río Biobío. Violenta transformación en invencibles en la Araucanía. Tiempos de irracional guerra civil. Poco divulgada en textos, crónicas y que, a lo mejor, el Presidente Kast en su reciente mensaje a la nación, por su formación germana, no manejaba como para haber efectuado algún alcance al referirse a las constantes y justas protestas de la CAM y demás comunidades hermanas.

¿Por qué el ejército realista escoge atrincherarse en Chiloé? Cuesta asumir la trascendencia que ha tenido el archipiélago en el desarrollo socio-económico y criollo en tan apartadas latitudes. Años ha, mi amigo Vladimiro Mimica, sentenció: “El capitalino ignora que gran parte de la población magallánica son personas emigradas desde Chiloé. Comerciantes, profesionales, profesores, mano de obra, constituyen una fuerza relevante”.

Chiloé, que en huilliche significa lugar de gaviotas —hoy perteneciente a la región de Los Lagos—, al estar separada del continente por el Canal de Chacao, capital Castro, aproximados 8.000 kilómetros cuadrados y 43 islas, por su estratégica ubicación siempre atrajo al visigodo invasor. Desde su llegada en el siglo XVI, en tanto inspiraba a Alonso de Ercilla y Zúñiga para abrir las páginas de su célebre La Araucana afirmando (…) Chile fértil provincia y señalada en la región antártica famosa (…), el entonces gobernador Alonso de Rivera planificaba proyectos orientados a la posesión definitiva de esos confines, convirtiendo en esclavos a indios oponentes y codiciando la existencia de lavaderos de plata y oro. Además, incluyendo tiempos coloniales, cientos de veces se enfrentaron aborígenes, realistas y patriotas. Período en que la iglesia, aprovechando inocencia e ignorancia, con santos y plegarias los convirtió a su fe e impulsó a abrazar la bandera monárquica. Documentación abunda de los curas españoles (Ferrebú y Valle) que complotaron contra los independentistas. Ambos terminaron en el patíbulo.

Son antecedentes irrefutables, respaldando causas que tuvieron los españoles derrotados el 5 de abril de 1818 para escoger Chiloé como centro de operaciones marciales. Así lo entendieron también San Martín y O’Higgins. A pesar de que tuvieron pésimo ojo con sus nombramientos: el general Balcarce, a cargo del ejército sureño y el teniente coronel Freire, intendente de Concepción. Nunca se entendieron; el argentino prepotente rechazaba los acabados conocimientos del chileno crecido en la zona. Sumaron conflictos, desastres, matanzas. La milicia de Mariano Osorio, teniendo Chiloé como centro de operaciones, se recuperó y fortaleció. Finalmente, Balcarce, desconociendo su mayúsculo fracaso retornó a Santiago dejando a la ciudad en ruinas, falleciente por orfandad de armas y municiones y a la población con sueldos impagos y carente de alimentos. Ramón, despavorido, escribe al Congreso. En frases de la misiva, informa: (…) En Concepción hay miseria. Se calcula que en 1822 habían muerto de hambre 700 personas. (…) He visto a una madre dando pecho a su hijo y al advertir que estaba exhausto por su propia anemia, asiéndolo por los pies lo estalló contra una roca para no presenciar su agonía (…)

Escalofriante, ¿verdad? Y no sucedía en la actual guerra de Rusia con Ucrania ni Israel versus El Líbano. Son los albores del decenio de 1820 con Chile, desesperadamente, tratando de convertirse en soñada República.

Jornadas nauseabundas enseñorean a un individuo vomitivo; un traidor nacido en Quirihue en 1785. Nombre: Vicente Benavides, hijo del alcaide carcelario, avieso, turbio soldado de veloz ascenso. Hecho prisionero, condenado a muerte, se evadió mutando en el más desquiciado montonero: por sus aberraciones, el más temido. Hábil, sin escrúpulos, corajudo, atrajo la complicidad de destacamentos realistas, hordas de bandoleros, tribus a las que catalogaba como indios salvajes, religiosos con quienes compartía suculentos botines. Tras sus espeluznantes triunfos, su copioso prontuario anotó cientos de saqueos, fraudes, robos, pillajes, incendios de poblados, violación de mujeres, secuestro de niños, degollamientos, colgamientos de ancianos y descuartizamiento de perdedores. Empapado de su poder e influencias, siendo amparado por un equivocado San Martín y sumando el apoyo del consecuente virrey de Perú, como un orate delirante, declaró La Guerra a Muerte a los independentistas y, paranoico, se autoproclamó Representante de la Cuarta Parte del Universo.

Cosas de la vida. No sé por qué en esta parte del relato me viene a la memoria la imagen del líder senderista peruano Abimael Guzmán cuando en los ‘80 expresaba que después de Marx, Mao, Fidel, él era la cuarta espada del marxismo. Finalizo la crónica contando que, finalmente, al cabo de tortuosos combates, con participación de los oficiales Bulnes y Prieto, el general Freire atrapó a Benavides y, en febrero de 1822, tal como éste lo hiciera, una vez ahorcado y destrozado el cuerpo, llevaron su cabeza a Concepción para exhibirla públicamente en la altura de afiladas picanas.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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