Han pasado alrededor de 100 días desde que Estados Unidos inició el despliegue naval frente a las costas venezolanas, con el nombre de “Operación Lanza del Sur” ordenada por Donald Trump bajo el objetivo de combatir el “veneno de América”, como escribió recientemente en Truth Social. Y lo que inicialmente se presentó como una ofensiva contra el narcotráfico, se transformó en una escalada dirigida al régimen de Nicolás Maduro y la cúpula chavista en Venezuela.
La acusación del jefe de la Casa Blanca respecto a que Maduro dirige el llamado “Cartel de los Soles” ha sido cuestionada por investigadores y especialistas, quienes señalan que esta narrativa fue impulsada por grupos opositores venezolanos en Washington para justificar una acción militar.
A ello se suma la reciente medida de Trump, el indulto a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, condenado por colaborar en el envío de 400 toneladas de cocaína a territorio estadounidense. Una muestra de doble estándar que ha debilitado seriamente la legitimidad del discurso antidrogas y generado críticas incluso dentro del Partido Republicano y entre sectores de su base MAGA.

Mientras crece el rechazo a los bombardeos sobre embarcaciones en el Caribe —ataques que ya dejan más de 80 muertos, entre ellos pescadores colombianos, según denuncias de familiares y el propio gobierno de Gustavo Petro—, surge una confirmación que sacude el panorama. Trump y Maduro sostuvieron una conversación telefónica hace unos días.
Maduro calificó el diálogo como respetuoso y cordial, incluso insinuando la posibilidad de un entendimiento. Trump, en cambio, se limitó a decir que fue una llamada “breve” y que “no salió ni bien ni mal”.
Sin embargo, según medios estadounidenses, Trump habría exigido la renuncia inmediata de Maduro. La contrapropuesta venezolana incluía levantar sanciones sobre más de 100 altos funcionarios, garantizar algún tipo de transición de dos a tres años y mantener el control sobre parte de las Fuerzas Armadas. Nada de esto fue aceptado por Washington. El ultimátum venció, lo que conllevó a una nueva escalada de sanciones y amenazas.
Una nueva fase de amenaza y el retorno del “patio trasero”
La crisis llegó a un punto decisivo. Trump anunció que Estados Unidos pasaría de los ataques marítimos a operaciones terrestres, primero en Venezuela, aunque también amenazó a Colombia o cualquier país que “produzca o trafique drogas”.
A su estilo, siempre directo y provocador, el líder republicano plasmó la idea de una intervención inminente que, incluso entre sectores conservadores, suena tan riesgosa como incierta. Porque más allá de la retórica de combate al narcotráfico, la verdadera motivación detrás de este despliegue militar es política, estratégica y económica.

El continente vuelve a ser visto desde la Casa Blanca como su “patio trasero”, como dijo hace poco el secretario de Guerra Pete Hegseth, haciendo referencia a la expresión que tiene décadas de historia y que hoy se reactiva bajo una reinterpretación de la Doctrina Monroe, “América para los americanos”, pero dicho en clave trumpista, América para los intereses de Trump. Por ello, Venezuela no es el único foco. Washington intercedió en las elecciones en Honduras, presionó judicialmente a Brasil por el caso Bolsonaro, respaldó a Javier Milei en Argentina y amenazó con “operaciones militares” contra carteles mexicanos. Todo con un mismo fin, recuperar la hegemonía hemisférica.
Pero, ¿por qué Venezuela? Primero, el fin del chavismo enviaría un mensaje de advertencia directo a Cuba y Nicaragua, regímenes que Washington considera enemigos. Segundo, el país posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, controlar ese recurso estratégico en tiempos de incertidumbre energética global es una prioridad. Tercero, Trump acusa a Maduro de “vaciar sus cárceles” en EE.UU. y facilitar la migración de criminales hacia la frontera, tumbar al líder chavista, en ese sentido, ayudaría a reforzar su agenda antiinmigración. Por último, la motivación electoral, un triunfo geopolítico permitiría a Trump proyectar liderazgo, mano dura y éxito militar, elementos centrales para su base.
El costo de la libertad estadounidense: los posibles escenarios para Venezuela
Un cambio de régimen nunca ha sido tarea simple para Estados Unidos. La historia reciente de Irak, Libia o Afganistán demuestra que las “liberaciones” no garantizan estabilidad ni democracia. En el caso venezolano, la estructura de poder es compleja. Aunque Maduro saliera abruptamente del escenario, el vacío sería enorme, la oposición está fragmentada, el chavismo mantiene fuerte arraigo popular en sectores empobrecidos y múltiples grupos —desde bandas criminales como el Tren de Aragua, hasta disidencias de las FARC o el ELN— han ganado poder. Un nuevo orden no emerge simplemente por decreto extranjero.
A ello se suma otro factor clave, la opinión pública estadounidense. Según recientes mediciones, un 70% de los ciudadanos se opone rotundamente a una intervención militar en el extranjero. El costo político interno podría ser alto si la operación se prolonga o, peor, si resulta en caos.

Por eso, al analizar el posible futuro de esta crisis, se pueden proyectar tres grandes escenarios. El primero, el más ideal para Trump, supone una “decapitación quirúrgica” del régimen, captura o eliminación rápida de Maduro, colapso de la cúpula chavista y establecimiento de un gobierno de transición reconocido por la región. Estados Unidos lograría un triunfo simbólico frente a China y Rusia, ganaría acceso a recursos energéticos y vendería una victoria electoral. Pero este escenario implica años de una estabilización costosa, tanto militar como políticamente.
El segundo escenario es el más probable, un éxito militar parcial que no logre expulsar a Maduro ni desarticular completamente a las Fuerzas Armadas, generando la fragmentación del Estado y la proliferación de actores armados. Venezuela se convertiría en un foco de inestabilidad regional, provocaría un aumento explosivo de la migración hacia Estados Unidos y arrastraría a Washington a un pantano sin victoria clara ni salida rápida.
El tercer escenario, un fracaso total que refuerce al chavismo, le dé legitimidad interna y reactive alianzas internacionales con Moscú y Pekín, la tensión escalaría y Trump cargaría con un golpe devastador a su credibilidad justo antes de las elecciones de medio mandato.

En cualquiera de estos escenarios, el verdadero dilema para Estados Unidos no es cómo sacar a Maduro, sino qué hacer después. Si el objetivo real fuera cortar las rutas del narcotráfico, éstas pasan principalmente por el pacífico desde Colombia y México, países también bajo la mirada militar de Washington. Si se trata de detener la migración, necesita un aliado estable y fuerte en Caracas. Si la meta es controlar el petróleo, se requiere un gobierno lo suficientemente sólido para sostener acuerdos con compañías estadounidenses.
Hoy, ninguna de esas condiciones está garantizada. En Venezuela, el poder no es monolítico y su fragmentación, en caso de intervención, podría desatar una cadena de consecuencias que supere cualquier cálculo en Washington. Por eso, aunque Trump siga lanzando ultimátums y amenazas, en los pasillos de la Casa Blanca crece una pregunta inquietante: ¿Es posible una victoria que no termine convertida en una derrota estratégica?
Lo único seguro es que estamos ante el mayor despliegue militar estadounidense en América Latina en décadas, con un objetivo explícito, derrocar a Maduro. Cada movimiento, cada llamada y cada ataque, están configurando un conflicto cuyo resultado podría redefinir no solo el mapa político de Venezuela, sino el futuro del equilibrio de poder en toda la región.






