Trump, Maduro y Machado: el triángulo que define el futuro de Venezuela

Washington eleva la presión sobre el país petrolero y advierte ataques inminentes, mientras el régimen busca apoyo de Rusia y crece la posibilidad de una transición liderada por María Corina Machado en medio de una latente crisis regional.

Washington eleva la presión sobre el país petrolero y advierte ataques inminentes, mientras el régimen busca apoyo de Rusia y crece la posibilidad de una transición liderada por María Corina Machado en medio de una latente crisis regional.

Siguen creciendo las tensiones sobre el mar Caribe, las que hoy tienen en el centro de la atención al presidente venezolano Nicolás Maduro, pero que poco a poco se han ido expandiendo hacia toda América Latina. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no ha dejado espacio para la duda, Venezuela y Maduro son el objetivo.

Pero la advertencia del jefe de la Casa Blanca va más allá. Cualquier país por donde se mueva lo que él considera el “veneno” que llega a Estados Unidos —la droga que cruza sus fronteras— también se enfrentará al poderío militar norteamericano. Colombia y México ya han sido mencionados explícitamente. Y los ecos han resonado con fuerza en toda la región.

La ofensiva discursiva y estratégica del mandatario republicano avanza bajo el marco de la lucha contra el narcotráfico, pero el verdadero trasfondo es recuperar influencia política y estratégica en un territorio que Washington siempre ha considerado parte de su esfera natural. Un interés que no solo pasa por la seguridad, sino también por los vastos recursos naturales de una región en disputa geopolítica con potencias como China y Rusia.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.

En este contexto, Trump sorprendió al anunciar que los ataques terrestres sobre Venezuela “comenzarán muy pronto”. Una frase que encendió alarmas y abrió la puerta a un escenario que hace apenas unos meses parecía impensado, la posibilidad real de una intervención militar estadounidense en América Latina.

Sin embargo, una invasión a gran escala sigue siendo el escenario menos probable. El costo humano, logístico y político sería demasiado alto. Pero lo que Trump estaría buscando con esto es usar la amenaza como herramienta de presión psicológica para provocar un colapso interno.

Pero la imprevisibilidad del presidente norteamericano es un factor que ningún analista ignora. Si hubiera un despliegue terrestre, el tipo de operación cambiaría completamente el panorama. Hoy, el escenario más probable sería una incursión limitada de fuerzas especiales, operaciones quirúrgicas destinadas a objetivos específicos. Una estrategia que combinaría ataques aéreos masivos con operaciones de “decapitación” del liderazgo, la extracción o eliminación de figuras clave del régimen vinculadas al narcotráfico, junto con la destrucción de activos estratégicos como centros de mando, bases militares o infraestructura crítica.

Incluso una operación limitada tendría consecuencias inmediatas. La muerte o captura de un alto dirigente chavista, o la entrada de tropas estadounidenses en territorio venezolano, marcaría un punto de no retorno. La respuesta militar de Venezuela, aunque limitada en capacidad real, se mezclaría con la acción de grupos paramilitares y colectivos. Además, la crisis humanitaria se agravaría con desplazamientos masivos hacia Colombia y Brasil, desplazamientos que luego terminan saturando las rutas migratorias en la región.

Militares estadounidenses desplegados en el mar caribe bajo la operación "lanza del sur". Vía X@SOCSOUTH
Militares estadounidenses desplegados en el mar caribe bajo la operación “lanza del sur”. Vía X@SOCSOUTH

Una invasión a gran escala, en cambio, es descrita como altamente improbable. Venezuela es un territorio extenso, con geografía compleja y unas fuerzas armadas que, aunque debilitadas, suman más de 125 mil efectivos, además de milicias fuertemente adoctrinadas. Un conflicto así derivaría en una guerra de guerrillas urbana y rural similar a Irak o Afganistán, exactamente lo que Trump ha prometido terminar. Asimismo, sería impopular incluso entre los propios votantes republicanos. La ganancia política sería mínima y el riesgo descomunal.

Lo que sí podría darle beneficios políticos al presidente estadounidense sería la caída de Maduro y la expulsión de cualquier presencia rusa o china en el Caribe, un golpe geopolítico que superaría con creces la narrativa antidrogas.

Mientras tanto, el chavismo insiste en buscar una salida negociada. Desde que se filtró la llamada entre Trump y Maduro, las especulaciones se multiplican. Algunas fuentes hablan de una posible renuncia pactada, acompañada de amnistía para él, su familia y la cúpula del régimen. Nada está confirmado. Pero sí es un hecho que Maduro sostuvo en las últimas horas una conversación directa con Vladimir Putin.

Rusia y Venezuela acaban de elevar su relación a una “Asociación Estratégica Integral”, y el Kremlin ha prometido apoyo total ante la “creciente presión externa” de Estados Unidos.

Vladimir Putin y Nicolás Maduro sonrien y se estrechan de manos mientras posan para una foto.
El presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el jefe del régimen venezolano, Nicolás Maduro. Foto: Kremlin.

Lo anterior, ocurre tras dos hechos clave, la incautación del petrolero venezolano Skipper, cargado con más de un millón de barriles de crudo sancionado, y el despliegue militar estadounidense en el Caribe bajo la Operación Lanza del Sur. Maduro calificó la incautación como un acto de piratería, y Putin prometió mantener una comunicación directa y permanente, además de respaldo diplomático y estratégico.

En paralelo, medios estadounidenses revelaron que la administración Trump ha considerado —y posiblemente ofrecido— la opción de un exilio negociado para Maduro en Rusia o Bielorrusia. De hecho, el presidente bielorruso Alexander Lukashenko habría sugerido públicamente que Maduro “siempre será bienvenido” en su país. El chavismo lo niega categóricamente. El número dos del régimen, Diosdado Cabello, lo llama “mentira” y Maduro insiste en que ni él ni la Revolución Bolivariana van a rendirse. Llamó a la milicia a prepararse para defender la soberanía e intensificó su discurso de resistencia.

Pero mientras el gobierno venezolano busca proyectar fortaleza, el tablero político se mueve rápidamente. Trump ha señalado quién debería liderar la transición, la líder opositora María Corina Machado, ganadora del Premio Nobel de la Paz, quien logró llegar a Oslo esta semana tras un operativo secreto facilitado por Estados Unidos. Washington ayudó a sacarla del país por vías marítimas y aéreas para evitar su detención. Si bien el jefe de la Casa Blanca no ha dicho explícitamente “quiero que sea presidenta”, pero sus acciones dejan claro que es la figura que respalda para la nueva etapa.

María Corina Machado en el Grand Hotel de Oslo. Foto: Jo Straube.
María Corina Machado en el Grand Hotel de Oslo. Foto: Jo Straube.

Machado, por su parte, ha agradecido públicamente a Estados Unidos y ha sostenido conversaciones directas con Trump. Su equipo presentó un plan de transición que, entre otros elementos, incluye una purga limitada del Ejército para remover 20% de los oficiales considerados irreformables. Una estrategia diseñada para evitar el colapso del aparato militar y asegurar una transición controlada.

Además, ha respaldado las acciones militares limitadas de Trump en el Caribe, afirmando que “Maduro empezó esta guerra; Trump la está terminando”. Según la líder opositora, el régimen está “más débil que nunca” y la transición debe ser liderada por los venezolanos, pero con apoyo internacional. Ha prometido una apertura total a la inversión extranjera y una privatización masiva de sectores estratégicos.

El mensaje es claro: Maduro va a salir, con o sin negociación. Y la pregunta que queda abierta en la región es si esa salida estará marcada por la presión diplomática, un acuerdo pactado o la fuerza militar. El reloj avanza, las tensiones escalan y el futuro de Venezuela —y del continente— depende de las decisiones que se están tomando en Washington, Caracas y Moscú.





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