Las últimas horas en la evolución del conflicto en Medio Oriente están siendo particularmente caóticas, intensas y, por momentos, difíciles de interpretar. Dado el escenario marcado por el aumento de tensiones entre Estados Unidos e Israel, la profundización de la ofensiva israelí en el Líbano, y un Irán que se plantó en las negociaciones.
Israel, la doctrina Dahiye y el no iraní
El primer hecho que marca el estado actual del conflicto ocurrió el lunes 1 de junio, cuando el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, impulsado por los avances militares de su ejército en el sur del Líbano —incluida la captura del simbólico castillo de Beaufort, un edificación de la época de las cruzadas— decidió escalar aún más la ofensiva.
En ese contexto, ordenó atacar lo que denominó “objetivos terroristas” en Dahiye, los suburbios mayoritariamente chiíes al sur de Beirut. Horas después, el propio ejército israelí emitió advertencias urgentes a la población civil para evacuar la zona ante la inminencia de bombardeos.

Pero Dahiye no es solo un punto geográfico. También da nombre a una doctrina militar. La llamada “doctrina Dahiya” es una estrategia israelí de guerra asimétrica que plantea el uso de fuerza masiva y desproporcionada contra infraestructura civil en zonas controladas por grupos enemigos. Su objetivo es generar tal nivel de destrucción que se anule el valor militar del territorio, se debilite el apoyo social a las milicias y se establezca un efecto disuasorio a largo plazo.
Esta doctrina nació en 2006 durante la guerra en el Líbano, cuando este mismo barrio fue prácticamente reducido a solo escombros. En ese entonces, el conflicto terminó con una resolución internacional y la retirada israelí con la promesa —nunca cumplida del todo— del desarme de Hezbollah.
El ejemplo más evidente de la continuidad y perfección de esta doctrina es el genocidio en Gaza, donde Israel sigue avanzando y ya logró consolidar el control de cerca del 70% del territorio, en medio de una crisis humanitaria de gran escala.
Hoy, casi dos décadas después, Netanyahu busca repetir este escenario en el Líbano. Hezbollah mantiene presencia activa al sur del río Litani, el Estado libanés sigue mostrando limitaciones estructurales para ejercer control pleno sobre su territorio e Israel continúa operando bajo esa misma doctrina militar.
Sin embargo, poco después de que Israel diera las instrucciones para abandonar Dahiye, el ministro de Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, anunció la suspensión total de las negociaciones con Estados Unidos, argumentando que cualquier acuerdo carece de sentido si Israel continúa sus operaciones tanto en Líbano como en Gaza. Esta decisión no solo congeló momentáneamente los esfuerzos diplomáticos, sino que también evidenció el peso que tiene el frente libanés para Teherán y también un ejemplo de que Irán es quien tiene las riendas de la negociación.

Ante el riesgo de una escalada mayor, no solo en términos militares, sino también por su impacto en los mercados globales, el presidente estadounidense, Donald Trump, intervino directamente. En una llamada telefónica a Netanyahu, le exigió frenar el avance hacia Beirut. Israel detuvo el avance terrestre hacia la capital libanesa, mientras que, en paralelo, la diplomacia estadounidense logró establecer contactos indirectos con Hezbollah para reducir el intercambio de fuego.
Pero más allá del resultado inmediato, esa conversación reveló un hecho que se venía configurando de a poco. Según reveló el medio Axios, la llamada entre Trump y Netanyahu fue extremadamente tensa, cargada de recriminaciones e incluso insultos. Fuentes cercanas aseguran que el presidente estadounidense calificó a Netanyahu de “estar jodidamente loco”, además le reprochó que sus decisiones estaban perjudicando tanto a Israel como a Estados Unidos. Incluso habría hecho referencia a su situación judicial, señalando que sin su apoyo político, el primer ministro israelí estaría preso.
Negociaciones en vilo
Aunque la versión oficial fue considerablemente más moderada y presentó la llamada como un esfuerzo exitoso por evitar una escalada, el episodio dejó en evidencia el deterioro significativo en la relación entre ambos líderes. Una relación que, hace apenas tres meses, parecía inquebrantable tras la ofensiva conjunta contra Irán.
No obstante, este martes 2 de junio Israel informó la interceptación de proyectiles lanzados desde el Líbano hacia su territorio norte, sin dejar víctimas, pero elevando nuevamente la tensión. Al mismo tiempo, Irán mantiene oficialmente suspendidas las negociaciones, aunque fuentes internas señalan que el borrador del acuerdo con Estados Unidos sigue siendo evaluado, sin una negativa definitiva.
En Washington, en tanto, comenzaron nuevas reuniones de emergencia entre delegaciones de Israel y del Líbano para intentar consolidar un alto al fuego en terreno. Pero el problema estructural sigue siendo el mismo: el gobierno libanés no controla a Hezbollah, que es, en la práctica, el actor clave en el sur del país.
En este contexto, comienzan a aparecer señales aún más preocupantes. Desde el entorno político israelí, figuras como el ministro de seguridad nacional Itamar Ben-Gvir presiona para continuar la ofensiva, incluso desafiando abiertamente la postura estadounidense. “Este es el momento de decirle no a nuestro amigo, el presidente Trump”, declaró Ben-Gvir, mientras que el propio Netanyahu reiteró que Israel continuará actuando contra lo que considera una amenaza si Hezbollah sigue atacando a posiciones israelíes y seguirá actuando al sur.

Por su parte, desde Irán también se endurece el tono. Autoridades políticas y militares advierten que las negociaciones podrían colapsar si continúan los ataques en el Líbano, al mismo tiempo que un alto mando de la Guardia Revolucionaria señaló que un nuevo conflicto directo con Estados Unidos es inevitable, según el medio Al Arabiya
Todo esto ocurre en un escenario especialmente delicado: el estrecho de Ormuz sigue cerrado, asfixiando el flujo del comercio energético global y aumentando el riesgo de una crisis económica internacional. Con más de tres meses de conflicto acumulado, distintos análisis de las principales financieras y economistas alertan que el impacto podría comenzar a sentirse con mayor fuerza a mediados de septiembre, pero podría acelerarse con cada nueva subida en los precios del petróleo.
En el fondo, lo que se configura es un quiebre estratégico entre dos aliados históricos. Estados Unidos y especialmente Trump necesita encontrar una salida al conflicto, presionado por factores internos, económicos y electorales. El gobierno de Israel, en cambio, mantiene una lógica de escalada, donde la continuidad de la guerra también tiene implicancias políticas internas para Netanyahu. La necesita si quiere seguir gobernando, de lo contrario podría ser investigado por la justicia o adelantar las elecciones.
Así, el equilibrio de la balanza de estos dos liderazgos, que hasta hace poco se presentaban como aliados perfectos, hoy operan bajo intereses divergentes. Y en ese desajuste, el margen para errores se reduce peligrosamente.
Porque si algo queda claro tras estas últimas horas, es que el conflicto no solo sigue abierto, sino que además se está reconfigurando. Y en ese proceso, cada decisión, militar o diplomática, puede terminar inclinando la balanza en una dirección mucho más difícil de revertir.






